Cada 3 de mayo, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa, repito una frase que he defendido durante décadas: la salud de una democracia se mide por el nivel de libertad de prensa que una sociedad protege. Cuando esa libertad se debilita, el sistema empieza a enfermar.
Algunas de esas dolencias son pasajeras; otras, terminales. Hay externas, fáciles de detectar. Gobiernos autoritarios que censuran y presionan a los medios. Crimen organizado que amenaza y mata a periodistas. Muchas veces, la coalición corrupta entre ambos causa los mayores estragos.
