
Por Dianne Araral y Eduardo Araral, Project Syndicate.
SINGAPUR- Las recientes crisis energéticas, en particular la guerra de Irán, han puesto de manifiesto lo vulnerables que son muchos países ante los conflictos, las interrupciones y la coacción. No es de extrañar que los gobiernos de todo el mundo se estén apresurando a reevaluar sus estrategias de diversificación energética y de transición.
La lógica estratégica es sencilla. Cuanto menos dependa un país del petróleo y el gas importados que transitan por puntos de estrangulamiento como el estrecho de Ormuz, más seguro será. En 2025, casi el 34 % del comercio mundial de crudo pasó por el estrecho (siendo que solo China e India representaron el 44 % de ese flujo), junto con aproximadamente una quinta parte de las exportaciones mundiales de gas natural licuado.
Pero, contrariamente a la creencia popular, la transición hacia las energías limpias no eliminará el riesgo geopolítico, sino que lo redistribuirá. Si bien un mundo impulsado por energías renovables, baterías y electricidad limpia dependería menos de las rutas de los petroleros y de los exportadores de combustibles fósiles, dependería de minerales críticos, cadenas de procesamiento, normas técnicas, equipos de red y redes de transmisión. Esto plantea sus propias vulnerabilidades.
Destacan tres: la concentración de la refinería y el procesamiento de minerales críticos, la creciente fragmentación del comercio y las normas, y la fragilidad de las redes eléctricas existentes. En conjunto, estas vulnerabilidades dejan claro que la transición energética no es solo un proyecto climático o industrial. Por encima de todo, es un reto de coordinación, y las rivalidades entre las grandes potencias están dificultando su consecución.
PUNTOS DE ESTRANGULAMIENTO ESTRUCTURALES
Las materias primas son un buen ejemplo de ello. Aunque gran parte del debate público se centra en el control de las reservas minerales, el verdadero cuello de botella se encuentra más abajo en la cadena. La cuota de mercado media de los tres principales países refinadores de minerales aumentó de aproximadamente el 82 % en 2020 al 86 % en 2024, y el crecimiento de la oferta se concentró en un puñado de proveedores dominantes: Indonesia para el níquel, y China para el cobalto, el grafito y las tierras raras.
Esto es el equivalente en energía limpia al estrecho de Ormuz. El cuello de botella estratégico no está en la minería en sí, sino en las etapas posteriores de la producción: centros de refino, plantas químicas, instalaciones de separación de tierras raras y regímenes de control de exportaciones. Cuando aumentan las tensiones en los países proveedores de litio, cobalto, níquel, grafito o tierras raras, o cuando las grandes potencias restringen determinadas exportaciones, los efectos se propagan por una amplia gama de sectores, entre ellos el de las baterías, los vehículos eléctricos (VE), las turbinas eólicas y la infraestructura de la red eléctrica.





