Por Michael R. Strain, Project Syndicate.
WASHINGTON- El gran economista John Maynard Keynes argumentó en su ensayo de 1930 “Las posibilidades económicas de nuestros nietos” que “la humanidad está resolviendo su problema económico”. La acumulación de capital y el avance de la tecnología habían situado el nivel de vida en una trayectoria ascendente que, según Keynes, pondría fin a “la lucha por la subsistencia” en el lapso de cien años.
La perspectiva de resolver este problema económico llenaba de pavor a Keynes. La humanidad, afirmaba, “se verá privada de su propósito tradicional”. Keynes se preocupaba por “el reajuste de los hábitos e instintos del hombre común, inculcados en él durante incontables generaciones, que podría verse obligado a abandonar en unas pocas décadas”, y predijo que la sociedad experimentaría “una crisis nerviosa generalizada”.
Me vino a la memoria el ensayo de Keynes al leer el importante libro que Brink Lindsey acaba de publicar, The Permanent Problem: The Uncertain Transition from Mass Plenty to Mass Flourishing (El problema permanente: la transición incierta de la abundancia masiva al florecimiento masivo). Lindsey, vicepresidente sénior del Centro Niskanen, sostiene que las predicciones de Keynes se han cumplido: las democracias liberales ricas han resuelto esencialmente el problema del abastecimiento material, y ahora están experimentando una crisis nerviosa.
Según Lindsey, los individuos en las democracias ricas padecen sobrepeso, son adictos a sus teléfonos y tienen un nivel cada vez más bajo de alfabetización, coeficiente intelectual y puntuaciones en el SAT. En comparación con las generaciones anteriores, experimentan peores problemas de salud mental, tienen menos amigos cercanos, pasan más tiempo solos y tienen menos relaciones sexuales. También son menos propensos a casarse, procrear y asistir a servicios religiosos, mientras que son más proclives a sufrir sobredosis de drogas. Estas sociedades muestran un dinamismo reducido, una desaceleración del crecimiento de la productividad, un aumento en la brecha de clases y una disminución de la confianza en el gobierno y del apoyo a la democracia liberal.
“Para decirlo sin rodeos”, escribe Lindsey, “la sociedad se está desmoronando”.
La apreciación de Lindsey coincide con los argumentos de los comentaristas posliberales de que el capitalismo democrático está agotado, es un experimento fallido y un obstáculo para el florecimiento humano.
El capitalismo no está agotado. El argumento de que sí lo está tiene su origen en la ansiedad generalizada, durante los últimos años de la década pasada, sobre la capacidad de las economías avanzadas para seguir innovando. Esa preocupación parece totalmente infundada en nuestra era actual de maravillas, con medicamentos GLP-1 para la diabetes y la pérdida de peso, así como rápidos avances en los tratamientos de enfermedades mortales como el Alzheimer y el cáncer. Además, está la IA generativa, que incluso los pronósticos más pesimistas prevén que aumentará notablemente el crecimiento de la productividad tendencial durante los próximos diez años.
La crítica posliberal identifica, en efecto, muchos ámbitos de auténtica preocupación, pero no cuenta toda la historia, es decir, que las sociedades democráticas ricas están mejor que nunca en muchos indicadores importantes y generales-. Por ejemplo, la esperanza de vida en Estados Unidos está aumentando nuevamente, tras un descenso durante la pandemia, y ahora es más alta que en la década de 1990, cuando el apoyo al neoliberalismo estaba en su apogeo. Asimismo, la tasa de mortalidad por enfermedades cardíacas en Estados Unidos se redujo un 66% entre 1970 y 2022, mientras que la tasa de delitos violentos del país ha disminuido a la mitad en los últimos 30 años.
En 2021, los hogares estadounidenses contaban con un acceso a la información sin precedentes: el 95% poseía una computadora y el 90% estaba suscrito a Internet de banda ancha. Los trabajadores tienen muchos más días de vacaciones que antes. Entre 1980 y 2013, las muertes de pasajeros aéreos se redujeron de 100 por cada 100.000 millones de millas-pasajero a menos de una.
¿La riqueza masiva ha dado lugar a una sociedad que “se desmorona”? Difícilmente. La sociedad estadounidense era mucho menos próspera y estaba en una situación mucho peor en la década de 1850, hasta el punto de que, en 1861, estalló una guerra civil. Francia hoy es mucho más estable que durante el Reinado del Terror. A nivel global, la sociedad era más estable -y mucho más rica- durante la década de 2010 que en la de 1910.
El “problema permanente” del hombre, escribió Keynes en 1930, no es la lucha por la subsistencia. Es “cómo liberarse de las preocupaciones económicas apremiantes, cómo ocupar el tiempo libre que la ciencia y el interés compuesto le habrán proporcionado, para vivir con sabiduría, comodidad y bienestar”.
Los comentaristas posliberales piensan que el capitalismo democrático ha fracasado en este aspecto. Lindsey, que comparte gran parte de sus críticas, pero (que yo sepa) todavía se considera liberal, parece estar de acuerdo, al escribir: “Cuando el desafío era combatir la escasez material, el capitalismo lo consiguió; ahora, sin embargo, cuando la tarea es convertir la abundancia material en riqueza espiritual generalizada, se tambalea”.
Pero Keynes (y Lindsey) cometieron un error conceptual crucial al suponer que la lucha por la subsistencia precede a la lucha por vivir bien. Es más acertado pensar que ambas ocurren simultáneamente. Al fin y al cabo, la filosofía moral seria se remonta al siglo V a.C., aunque los griegos antiguos aún no dominaban la provisión material.
A nivel individual, lo vemos en nuestras propias vidas. Las familias jóvenes se esfuerzan por generar y aumentar sus fuentes de ingresos, pero sus vidas no son unidimensionales. Sienten el peso de las “preocupaciones económicas apremiantes” mientras intentan vivir con sabiduría y bienestar.
Tampoco deberíamos concluir -como predijo Keynes y afirma Lindsey- que la lucha por la subsistencia ha quedado atrás. Vivir a un nivel de subsistencia es mucho más caro en 2026 que en 1799, cuando George Washington, un hombre inmensamente rico para su época, murió a los 67 años de una afección de garganta que hoy en día se trataría fácilmente con asistencia respiratoria y antibióticos. En este sentido, no hemos resuelto el “problema económico” -y probablemente nunca lo haremos- porque los bienes y servicios considerados necesidades básicas crecerán y se expandirán con el tiempo.
Hay dos cosas que son ciertas: en comparación con nuestros antepasados, vivimos en un mundo de abundancia material. Y no estamos viviendo tan sabiamente ni tan bien como podríamos. Pero lo primero no ha causado lo segundo. Todas las sociedades se han enfrentado a la cuestión de cómo vivir bien. Somos un pueblo caído en un mundo caído, una condición que nos ha costado explicar desde la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén. Sabemos que los pensadores posliberales de hoy en día también tienen dificultades, porque su argumento es evidentemente erróneo. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Michael R. Strain, director de Estudios de Política Económica del American Enterprise Institute, es el autor, más recientemente, de The American Dream Is Not Dead (But Populism Could Kill It) (Templeton Press, 2020).
