A veces siento que antes de decidir quién quiero ser, tengo que terminar de ser todo lo que esperan de mí.
La lista nunca termina, siempre hay algo más, un pendiente, una necesidad, un requisito:
· Ser buena hija, profesionista, amiga, pareja.
· Ser paciente, sonreír, no quejarse.
· No equivocarse.
· Cuidar la casa, hacer los trámites.
· Verte descansada, bonita.
· Cuidar.
· Sobrevivir.
No sé en qué momento exacto nos fue impuesta esta lista. La aprendí de mi mamá, que la aprendió de mi abuela, y ella, de la suya, perpetuando una cadena intergeneracional que nos esclaviza en el mandato del deber ser, clausurando por completo la posibilidad del ser.
Esta asfixia cotidiana no es una falla individual ni una simple sensación personal; es una estructura social y económica bien calibrada. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), las mujeres en México destinamos, en promedio, 17.4 horas más a la semana que los hombres al trabajo no remunerado del hogar y 10.9 horas más a las labores de cuidado. Cuando el día se agota en la logística de la supervivencia ajena, el ajuste y el recorte siempre se hacen sobre nuestro cuerpo y nuestro descanso. Dormimos con una lista interminable que sigue escribiéndose en nuestra cabeza incluso con los ojos cerrados.
Por eso, aunque a veces nos convencen de que nos falta disciplina o capacidad de gestión, la realidad es otra: nos falta espacio. No para producir más ni para volvernos más eficientes, sino para administrar menos. Para leer un libro sin sentir culpa, aprender algo nuevo, pintar, bordar, hornear, tomar un café sin prisa, viajar, permanecer en silencio o trabajar en todos esos proyectos personales que dejamos estancados esperando un “cuando tenga tiempo” que nunca llega. Parecen deseos irónicos, pero sostienen una bandera política profunda: reclamar el derecho a una vida interior.
En 1929, Virginia Woolf escribió que una mujer necesitaba dinero y una habitación propia para poder crear. Casi un siglo después, hemos conquistado espacios que antes nos fueron rotundamente negados: estudiamos, trabajamos, ocupamos la esfera pública y sostenemos la economía de los hogares. Sin embargo, la habitación propia rara vez está vacía. También la habitan las citas médicas, los recados, la carga mental y las demandas emocionales de todo el entorno.
Virginia Woolf imaginó ese espacio físico, pero hoy me pregunto si lo que necesitamos con urgencia es un territorio mental donde la cabeza deje de estar ocupada. Un lugar donde no tengamos que sostener, resolver o anticiparnos a las necesidades ajenas. Porque quizá el mayor lujo contemporáneo no sea solo un cuarto, sino el tiempo libre de culpa para preguntarnos quiénes somos en realidad cuando dejamos de cumplir con la lista. ¿Cuándo hay tiempo para permitirse crear, soñar, descansar y simplemente ser?
