
Una vez que despiertas el pensamiento en una persona, nunca podrás volver a dormirlo
–Zora Neale
Hace pocos días se publicó la Estrategia Nacional de Atención a la Primera Infancia. Se habla ahí de varios temas. Sin embargo, me llamó mucho la atención un apartado sobre la mal llamada “incapacidad por maternidad”, que dice mucho de lo que sucede en nuestro país con respecto a los derechos. Este apartado dedica tres páginas a comparar las licencias parentales.
Mencionaré solamente algunos ejemplos para que podamos mirar nuestros horizontes. La licencia de maternidad en México es de 84 días (12 semanas) y la de paternidad es de cinco días laborales. En América Latina tenemos una licencia de maternidad máxima de 18 semanas en países como Cuba, Chile o Colombia y, en general, la de paternidad es sólo de unos cuántos días. En cambio en países europeos o asiáticos tenemos otras cifras. En Alemania, por ejemplo, la licencia dura tres años y es compartida, lo que quiere decir que la puede tomar cualquiera de los padres, juntos o cada quien en algún momento del periodo. En Japón tienen 14 semanas para la madre y, además, una licencia compartida entre la pareja hasta que el bebé cumpla un año. En los Estados Unidos de América, la licencia es inexistente. Así podríamos seguir con la comparación.
Lo que nos demuestran estos números es que no existe ningún criterio claro mundialmente hablando. Son números muy distintos entre sí y, además, no tienen reglas claras.
Específicamente, al hablar de los derechos de las mujeres en México, podemos concluir que cada gobernante, legislador y empleador interpreta la ley como más le conviene y/o como la entiende. O, a veces, ni siquiera conocen la ley.
Vivimos en un estado en el que muchas mujeres son obreras de la industria. Muchos empleadores provienen de otros países y no conocen las leyes vigentes, por lo que es muy complejo acompañar a las mujeres trabajadoras. Hay fábricas que tienen lactarios, salas de lactancia, guarderías cercanas al lugar de trabajo, políticas internas de maternidad y lactancia, así como flexibilidad a la hora de ponerlo en práctica. Ese sería un escenario ideal. Sin embargo, no hay un acuerdo, no existe un orden; se practican políticas, pero no se les da un seguimiento. Vienen y van y, al parecer, avanzamos un paso y retrocedemos dos.
Por otro lado, no existe una mirada feminista. Ya lo vimos. La licencia de paternidad dura cinco días hábiles. No existe corresponsabilidad dentro de los procesos de crianza ni de lactancia. Tampoco existe una mirada interseccional (Kimberlé Crenshaw, 1989) en la que podamos mirarnos como mujeres desde diferentes lentes, perspectivas, contextos, clases sociales, origen étnico, etcétera.
La Semana Mundial de Lactancia del 2026 es la oportunidad perfecta para tener un pensamiento crítico, de cuestionar las realidades existentes para poder retomar lo que sí funciona y reacomodarlo. Es urgente revisar nuestros contextos de manera curiosa y crítica, así como revisar nuestros sesgos y prejuicios. Es urgente crear puentes de comunicación y alianzas entre comunidades, gobiernos, instituciones y organizaciones que permitan que los derechos de las mujeres en este periodo tan vulnerable e importante sean prioritarios.





