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Estados Unidos está negando oportunidades… y perdiendo talentos

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Por Pinelopi Koujianou Goldberg. Project Syndicate.

NEW HAVEN- Algo que ha distinguido a Estados Unidos por generaciones, además de la riqueza o el poder militar, ha sido el hecho de ofrecer a personas ambiciosas nacidas en otros países una oportunidad de ganarle al azar del nacimiento. Pero lamentablemente, la nueva política de la administración Trump en lo referido a las visas para estudiantes extranjeros, por más que se la presente como un mero cambio administrativo de carácter técnico, señala una retirada gradual respecto de ese ideal distintivo.

La nueva política sustituye el sistema tradicional (“duration of status”) que otorga una visa sin límite de tiempo, válida mientras duren los estudios o actividades relacionadas, por otro en el que se otorga un período de permanencia predeterminado, con normas más estrictas en lo referido a la concesión de extensiones y la continuidad de la matrícula; con esto, el camino hacia una carrera académica y, en última instancia, una vida productiva en los Estados Unidos se torna más incierto.

Muchos comentarios sobre el cambio se centraron en las implicaciones para las universidades, la investigación y la innovación. Pero por muy válidas que sean esas inquietudes, es posible que exageren las consecuencias inmediatas. Los estudiantes más talentosos seguirán hallando el modo de venir a los Estados Unidos, las grandes universidades seguirán reclutándolos y las empresas seguirán patrocinándolos. La política aumenta los costos y genera incertidumbre, pero no cierra la puerta por completo.

Pero el mensaje que envía es más importante, ya que cambia el cálculo para el estudiante extranjero medio (no el candidato excepcional que tiene varias ofertas de instituciones de élite, sino el joven ambicioso que espera hacerse un futuro mejor a través de la educación). Cada obstáculo administrativo adicional, cada aumento de incertidumbre y cada señal de que los extranjeros ya no son tan bienvenidos desalienta a eventuales candidatos.

Hasta cierto punto, el cambio puede reflejar una nueva realidad económica. Los estudiantes internacionales han desempeñado desde hace mucho tiempo funciones esenciales como ayudantes de investigación y docencia y laboratoristas, antes de entrar a empresas tecnológicas y otras industrias ávidas de trabajadores altamente cualificados. Pero conforme la inteligencia artificial comienza a automatizar algunas de esas tareas y los empleadores prevén un futuro en el que se necesitarán menos trabajadores cognitivos de nivel inicial, puede ocurrir que los incentivos económicos para importar talento se debiliten.

Hay que ver si la transición será tan amplia como muchos prevén. Que un cambio de condiciones en el mercado laboral vuelva a los gobiernos más propensos a restringir el ingreso de inmigrantes altamente cualificados es concebible. Pero incluso si esta interpretación es correcta, pasa por alto el papel histórico excepcional de Estados Unidos como tierra de oportunidades.

El debate sobre la desigualdad en las economías avanzadas suele centrarse en las disparidades dentro de cada país: los progresistas hacen hincapié en la desigualdad de ingresos y riqueza, mientras que los conservadores señalan las desigualdades geográficas causadas por la desindustrialización y la globalización. Pero aunque ambas inquietudes son importantes, no son nada en comparación con las desigualdades creadas por el mero azar de haber nacido en un país y no en otro.

Un niño nacido en Somalia tendrá oportunidades muy diferentes que otro nacido en Estados Unidos. Una niña que nazca hoy en Afganistán enfrentará barreras que otra igual de talentosa nacida en Suecia nunca encontrará. Estas divergencias empequeñecen las desigualdades que dominan el debate político en los países ricos.

Pero la filosofía política en general ha asignado un carácter moralmente decisivo a las fronteras nacionales. Incluso John Rawls, cuyo «velo de la ignorancia» se convirtió en uno de los marcos conceptuales más influyentes para el análisis de la justicia, no llegó a aplicar ese principio entre países. Si alguien tiene la mala suerte de nacer en un lugar que ofrece pocas oportunidades, esa desventaja era en gran medida ajena a la justicia distributiva.

Pero Estados Unidos fue una excepción importante durante gran parte de su historia, no por altruismo, sino porque la apertura servía a sus intereses. Recibió a personas dispuestas a trabajar duro, crear empresas, estudiar, innovar y contribuir al crecimiento económico, y el resultado benefició tanto a los inmigrantes como al país de acogida.

Esto no implica idealizar el «sueño americano». El economista Raj Chetty (Harvard) ha demostrado la influencia que tiene el lugar de los Estados Unidos donde crece un niño respecto de sus perspectivas futuras. Por su parte, los economistas Ran Abramitzky y Leah Boustan prueban en su influyente libro Streets of Gold que la historia clásica del inmigrante pobre que se vuelve rico es algo que se desarrolla a lo largo de varias generaciones, no una sola vida. Muchos inmigrantes no dejaron de ser pobres: fueron sus hijos y nietos los que ascendieron en la escala económica.

Pero estos hallazgos refuerzan la idea general. Tal vez la primera generación no siempre prosperara, pero los padres inmigrantes dieron a sus descendientes oportunidades que habrían sido inimaginables si se quedaban en sus países de origen. El sueño americano nunca fue garantía de éxito, sino garantía de que el éxito era posible.

Por supuesto, la distribución de esa posibilidad no era igualitaria: la familia, el vecindario, el colegio y las conexiones sociales influyen incluso en el mero hecho de que las personas perciban cuáles son las oportunidades disponibles. Pero aun así, era mejor que la situación que enfrentan millones de personas en todo el mundo, que no sólo ven mermadas sus oportunidades por las circunstancias, sino también por las fronteras que no pueden cruzar.

Esta posibilidad también distinguió a Estados Unidos de muchas sociedades ricas que al tiempo que se enorgullecen de la igualdad y la justicia social, mantienen regímenes de inmigración mucho más restrictivos. La apertura de Estados Unidos nunca fue perfecta ni totalmente altruista. Fue un ejemplo de interés propio ilustrado que como resultado adicional obró en dirección a reducir una de las formas de desigualdad más profundas del mundo.

Considerados de forma aislada, los efectos de la nueva política de visado pueden parecer pequeños. Pero como parte de un abandono más general de la idea de apertura, son señal de que un país que en otros tiempos se distinguió por ofrecer a extranjeros ambiciosos la oportunidad de transformar sus vidas ahora está menos dispuesto a hacerlo. No es un mero cambio de política migratoria, es la renuncia a una de las fuentes más importantes de la fortaleza estadounidense. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Pinelopi Koujianou Goldberg, ex economista principal del Grupo Banco Mundial y jefa de redacción de American Economic Review, es profesora de Economía en la Universidad Yale.

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