Por Ian Buruma, Project Syndicate.
NUEVA YORK- Con la Copa del Mundo de la FIFA 2026, organizada conjuntamente por Canadá, Estados Unidos y México, ya en la fase eliminatoria, ahora se trata de ganar o irse a casa. Pero a medida que se van eliminando más selecciones y el número de participantes se reduce, el torneo se perfila cada vez más como un éxito, a pesar de las numerosas predicciones pesimistas.
Había buenas razones para ser pesimistas al inicio del torneo. Los precios de las entradas -que en algunas ciudades superaron los mil dólares en promedio para los partidos de la fase de grupos y son considerablemente más altos para los partidos estelares de la fase eliminatoria- están fuera del alcance de la mayoría de los aficionados al fútbol. La administración Trump trató con absoluto desprecio a algunos países participantes. La selección iraní se vio obligada a regresar a México después de cada partido. A Omar Artan, un árbitro de renombre de Somalia, se le denegó la entrada a Estados Unidos. A muchos aficionados se les negó el visado.
Asimismo, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, es un megalómano que ha dejado su huella en el fútbol mundial de forma muy similar a como Donald Trump lo ha hecho en la política estadounidense y en el paisaje urbano de Washington. Ambos comparten una afinidad por la hipérbole. Infantino declaró que el Mundial de este año era “el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad”. Ni la Revolución Francesa, ni Waterloo, ni el Día D -no, una competencia de fútbol-. También presionó intensamente para que Trump recibiera el Premio Nobel de la Paz y, al no conseguirlo, le entregó al presidente de Estados Unidos el primer Premio de la Paz de la FIFA.
Infantino, al igual que Trump, también tiene debilidad por los dictadores y los autócratas: basta con ver la famosa fotografía de Infantino sonriendo como un colegial junto al presidente ruso, Vladimir Putin, y al príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, en el Mundial de 2018 en Moscú. Pero Trump parece ser su mayor conquista. En una de sus visitas a la Casa Blanca, Infantino dijo sentirse “feliz de estar aquí, en casa, si se me permite decirlo”, a lo que Trump respondió: “Estás en casa”. Tras asistir al mitin de celebración de la victoria de Trump previo a su investidura, Infantino exclamó: “Juntos haremos que no solo Estados Unidos vuelva a ser grande, sino también el mundo entero”.
La preocupación de que el Mundial de este año fuera un circo mediático protagonizado por Trump e Infantino, con el presidente estadounidense acaparando el protagonismo, o un festival de oligarcas, con magnates corruptos y sus compinches disfrutando del fútbol mientras los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos detenían a la chusma, no era infundada. Pero, hasta ahora, esto no ha sucedido.
Es cierto, Infantino sigue volando por Norteamérica en un jet privado para hacerse ver frente a las cámaras de televisión en casi todos los partidos. Pero a Trump no se lo ha visto en absoluto (aunque está previsto que asista a la final el 19 de julio en Nueva Jersey y entregue el trofeo al equipo ganador). Y las pequeñas ciudades estadounidenses se han convertido en escenarios de fiestas futbolísticas ininterrumpidas, en las que aficionados de todo el mundo se mezclan con la población local.
Jugadores y aficionados de Argelia, Egipto y Jordania, muchos de los cuales son de ascendencia palestina, también han exhibido símbolos de la identidad nacional palestina -algo por lo que se ha detenido a estudiantes manifestantes en universidades estadounidenses-. Esto pone de relieve otro aspecto de las selecciones nacionales de fútbol que está muy presente. La mayoría de las mejores selecciones europeas, como las de Francia, España, Inglaterra y Países Bajos, cuentan con un gran número de inmigrantes o hijos de inmigrantes. Zion Suzuki, el arquero de Japón, tiene padre ghanés y nació en Estados Unidos. La magnífica selección de Marruecos, que recientemente venció a Canadá para alcanzar los cuartos de final, está compuesta en su mayoría por jugadores nacidos en el extranjero. Si alguna vez ha habido un ejemplo de la influencia positiva de la inmigración, ese es el fútbol al más alto nivel, tanto en los clubes como en las selecciones nacionales.
El “Mundial de la diáspora”, como lo ha denominado el periodista deportivo de The Guardian Barney Ronay, se está viviendo con toda su intensidad en el corazón de Estados Unidos. Y la población local, que de otro modo quizá no habría prestado mucha atención al torneo, parece haber acogido el evento con entusiasmo. En Chattanooga (Tennessee), la gente recibió a la selección española con jarras de sangría y platos de tapas, mientras que en Lawrence (Kansas) dieron la bienvenida a la selección argelina al grito de “¡Vive l’Algérie!”.
Del mismo modo que es fácil dejarse llevar y darle demasiada importancia a quién gana o pierde los partidos, es posible que se exageren las consecuencias de estos grandes eventos internacionales que se celebran periódicamente. Sin embargo, el impacto del Mundial en Estados Unidos no es insignificante. La mayoría de los estadounidenses no tiene experiencia con los deportes globales -la Serie Mundial de béisbol es un asunto entre Estados Unidos y Canadá-. El patriotismo intenso, pero aun así totalmente festivo, de los noruegos, marroquíes, japoneses y muchas otras nacionalidades nunca ha sido tan visible para muchos norteamericanos. Esto por sí solo debería hacer mella en las actitudes provincianas estadounidenses.
Luego está la imagen de las minorías estadounidenses -mexicanos, haitianos, ecuatorianos, senegaleses y muchos otros- divirtiéndose en masa. Aunque Trump quisiera llamar la atención, éste no es su ambiente. Es todo lo contrario. Puede que la FIFA sea una máquina corrupta de hacer dinero que se complace en blanquear mediante el deporte a regímenes autoritarios. Pero eso no ha impedido que la fiesta del Mundial de este año vaya en contra de todo lo que representa el movimiento MAGA de Trump. El torneo no le pertenece a Trump, ni a Infantino, sino a las masas de todos los rincones del mundo que lo han hecho suyo. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Ian Buruma es autor de numerosos libros, entre ellos Year Zero: A History of 1945 (Penguin Books, 2014), The Collaborators: Three Stories of Deception and Survival in World War II (Penguin Press, 2023) y, más recientemente, Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024).
