La nana del insomnio

Las madres modernas están cansadas. Agotadas. Vencidas por un enemigo diminuto, rosado, adorable y con pulmones dignos de tenor dramático. La maternidad llegó envuelta en fotografías perfectas para redes sociales. El paquete completo omitía las ojeras color carbón, los pechos convertidos en dispensadores automáticos y la noción difusa del tiempo.

Entre los departamentos relucientes de San Pedro Garza García y las torres aspiracionales regiomontanas, surge una nueva necesidad básica: dormir. Ocho horas seguidas. Diez, para las más ambiciosas.

Las abuelas observan la tragedia desde sus sillones reclinables. Sonríen con malicia ancestral.

—Crié sola a mis hijos. Aprende.

Frase breve. Demoledora. Herencia familiar cargada de pólvora.

Los recién nacidos responden con conciertos nocturnos. Ópera prima. Sin ensayos. Sin descanso. Tres de la mañana. Cuatro. Cinco.

Entonces aparece el mercado.

La enfermera nocturna cobra noventa pesos por hora. Precio razonable para salvar matrimonios, sistemas nerviosos y muebles lanzados durante discusiones por falta de sueño.

Al sumar las horas, surge el espanto financiero. Ni los gastos médicos mayores producen semejante sensación de vacío. El psiquiatra factura dos mil pesos por cuarenta minutos. La enfermera consume presupuestos completos mientras arrulla criaturas incapaces de pronunciar gracias.

La creatividad empresarial regiomontana encuentra soluciones.

Llega la muchacha del pueblo.

Sin experiencia. Sin referencias. Sin manual de instrucciones.

Mil quinientos pesos semanales.

Incluye disponibilidad absoluta. Incluye sonrisa obligatoria. Incluye adaptación inmediata a espacios imposibles.

El camastro aparece junto al cuarto de lavado. Detrás del boiler. Cerca del refrigerador. Lugares diseñados para trapeadores, no para seres humanos.

La conciencia duerme mejor cuando existe punto de comparación.

—Peor estaba allá.

Argumento infalible. Heredero directo del feudalismo.

Mientras tanto, las madres recuperan el sueño perdido. Los bebés continúan creciendo. Las abuelas conservan el privilegio moral. Las enfermeras siguen cotizando por hora. Las muchachas envían dinero a casa.

Todos sobreviven. Nadie descansa del todo.

Monterrey descubre, una vez más, la ley fundamental del capitalismo doméstico: siempre existe alguien dispuesto a cargar el cansancio ajeno.

Por el precio correcto.

Al amanecer, los edificios brillan bajo el sol regiomontano. Las madres publican fotografías llenas de felicidad. Los bebés sonríen. Las abuelas juzgan. Las nanas bostezan. El sueño circula como moneda de cambio. Unas personas lo compran. Otras lo venden. Así funciona la economía sentimental del norte: descanso para pocos, desvelo para muchos.

Related Articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisement -spot_img

Ultimas noticias