
¿Les platico? ¡Arre!
Brenda no la tiene, porque sus padres prefirieron poner la única ventana en la cocina, para atraer a los parroquianos que se sientan a comer a la orilla de la carretera y del abismo, antes de adentrarse en el túnel de casi 3 kilómetros que atraviesa un cerro llamado “El Sinaloense”.
Tenían una pequeña fonda donde colindan Durango y Sinaloa, en el fatídico “Espinazo del Diablo”.
Abandonaron su negocio en esa carretera, “porque ya casi nadie va por ahí, nomás los que quieren matarse en una de sus curvas y voladeros”.
Se instalaron en uno de los descansos de la autopista Durango-Mazatlán; llevaron consigo sus pocas pertenencias y montaron un paradero, donde ofrecen guisos y otras delicias culinarias propias de esa convulsionada región.
De ahí sacan para vivir tres personas, el perrito Maclovio y Victoria, la periquita. A lo mucho ganan $500 por día.
Tienen un pequeño criadero de conejos y gallinas; usan agua de un tinaco que deben rellenar cada semana; cocinan con leña y por las noches se alumbran con la energía que genera el acumulador de la troca del papá de Brenda.
A pesar de sus penurias, se consideran privilegiados, “porque tenemos nuestro negocio propio; ya quisieran muchos tener lo que nosotros tenemos”.
Otros que sí tienen más que ellos son los 500 diputados federales que el próximo año recibirán cada uno, $4.5 millones de lo que cínicamente llaman “bono de despedida”.
Quienes también tienen más que Brenda y sus papás son los 128 senadores que en el año 2030 se embolsarán cada uno, $5 millones por el mismo concepto.
Por las mismas andan los 1,124 legisladores distribuidos en 32 congresos locales.
Y no se diga de los secretarios de Estado; de los altos funcionarios federales y estatales; gobernadores, alcaldes, síndicos, regidores, que como casta de privilegiados velan solo por sus particulares intereses, los de sus partidos y padrinos, a quienes deben los puestos que ocupan o de los titiriteros que mueven sus hilos.





