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Las fuerzas más profundas que están cambiando el comercio mundial

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Por Tiago Devesa, Jeongmin Seong y Olivia White, Project Syndicate.

LISBOA- Con el transporte marítimo en Medio Oriente alterado por la guerra y la incertidumbre sobre el futuro de los aranceles de Estados Unidos, el comercio mundial está en el centro de la atención. Pero aunque el modo en que evolucionen los acontecimientos políticos mencionados será importante, no hay que perder de vista fuerzas más profundas que influyen en la economía mundial.

El año pasado fue para el comercio mundial uno de los más turbulentos que se recuerden; los aranceles de Estados Unidos alcanzaron el nivel más alto en casi un siglo y el comercio entre ese país y China (uno de los corredores comerciales más importantes del mundo) se redujo más o menos un 30 %. Pero el comercio mundial no disminuyó; al contrario, siguió creciendo, mediante redirecciones que se condicen con una serie de pautas que empezamos a medir hace tres años para una investigación del McKinsey Global Institute sobre cambios en el comercio internacional derivados de factores geopolíticos.

Nuestra conclusión es que el mundo no se está «desglobalizando» sino más bien reconfigurando, como agua que busca nuevos cauces. Al escalar las tensiones geopolíticas y crecer la inseguridad económica, las empresas redirigen inversiones y rediseñan cadenas de suministro.

El aspecto que más se destaca en nuestro último análisis de los flujos comerciales de 2025 es el hecho de que la demanda estadounidense de productos extranjeros se mantuvo firme, aunque cambió el tipo de productos demandados. Estados Unidos importó más chips y equipos para centros de datos, pero menos automóviles y energía. Y el origen de los productos pasó de China continental a Vietnam, Taiwán y otras economías asiáticas.

Sería natural atribuir esos y otros cambios a los aranceles, pero esa explicación es incompleta, porque existe un factor nuevo y poderoso: la carrera del desarrollo de la inteligencia artificial, que en 2025 constituyó más o menos un tercio del crecimiento del comercio mundial. Este fenómeno no recibió tanta atención como las implicaciones de la IA para el crecimiento económico, los mercados financieros o el empleo, quizás porque el comercio vinculado a la IA está en gran medida concentrado entre economías geopolíticamente alineadas.

Otro factor subestimado es la magnitud de los cambios en la economía china. Aunque sigue siendo el motor exportador del mundo, se ha afianzado más en su papel de «fábrica para fábricas»: un proveedor de maquinaria y componentes de los que depende la fabricación en otros países (sobre todo las economías emergentes). Los envíos de insumos industriales chinos registraron en 2025 un aumento superior a los 175 mil millones de dólares, impulsado por la exportación de bienes intermedios como chips o componentes de teléfonos inteligentes, que creció un 9 % (el doble que el total de las exportaciones chinas).

En tanto, al reducirse el acceso de algunos sectores al mercado estadounidense, las empresas fabricantes de bienes de consumo salieron a buscar otros mercados. Para mantener el crecimiento del volumen de ventas, aplicaron a los precios una reducción del 8 % en promedio, y estos cambios repercutieron en las economías regionales de diferentes modos.

Por ejemplo, la región de la ASEAN amplió su carácter de nodo de fabricación crítico, con el establecimiento de nuevas conexiones en el cambiante entorno geopolítico. Su comercio con cada una de las regiones principales aumentó, y sus exportaciones crecieron un 14 % (más del doble que el ritmo de crecimiento del comercio mundial). En tanto, la India captó buena parte de la demanda estadounidense de teléfonos inteligentes que antes satisfacía China; y Brasil amplió sus exportaciones de materias primas al reducir China sus compras a Estados Unidos.

A Europa en cambio le costó adaptarse. La Unión Europea enfrentó una creciente competencia de las importaciones chinas, mientras que el aumento de los aranceles estadounidenses limitó exportaciones clave. Excluyendo el salto dado por las ventas de oro y productos farmacéuticos antes de la aplicación de los aranceles previstos, la balanza comercial de Europa con Estados Unidos y China registró un deterioro cercano a los 80 000 millones de dólares, de los que solo alrededor de la mitad se compensó con el aumento del comercio con otros mercados. La tensión fue muy visible en la industria automotriz; por primera vez en la historia, Alemania (la potencia de Europa en el sector) le compró a China más coches de los que le vendió.

Es comprensible que los titulares periodísticos parezcan prueba de que las reglas del comercio hoy las dicta la geopolítica. Pero, insistimos, esta explicación es incompleta. Aunque sin duda la geopolítica está redibujando el mapa comercial, lo que se fabrica y comercia en el mundo depende de cambios a largo plazo en el área de la tecnología y el desarrollo económico, como atestigua el auge comercial vinculado al boom de la IA. En un contexto de subidas de aranceles, incertidumbre jurídica y crecientes restricciones al comercio, las empresas se apresuraron a comprar chips, servidores, sistemas de refrigeración y otros equipos necesarios para construir centros de datos y mantenerlos en funcionamiento.

En un nivel fundamental, el comercio mundial está cambiando como resultado de fuerzas a largo plazo, que van de la tecnología hasta los cambios en las redes de producción y el crecimiento de los mercados emergentes. Para entender el futuro se necesita una visión amplia que en vez de centrarse en una sola disrupción, tenga en cuenta la interacción de estas fuerzas en distintos escenarios.

Por supuesto, los shocks geopolíticos seguirán siendo un aspecto del sistema. En un mundo donde el comercio sigue en expansión, aunque a lo largo de líneas más conflictivas, la capacidad de adaptación a cambios en las condiciones será tan importante como el posicionamiento a largo plazo. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Traducción: Esteban Flamini.

Tiago Devesa es investigador sénior del McKinsey Global Institute en Lisboa. Jeongmin Seong es investigador sénior del McKinsey Global Institute en Shanghái. Olivia White, socia sénior de McKinsey & Company, es directora del McKinsey Global Institute.

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