
El pulso de las ciudades mexicanas ha cambiado drásticamente en los últimos días. El ambiente se siente distinto, cargado de una electricidad que solo un evento de esta magnitud puede inyectar en el ADN de una sociedad.
La Copa del Mundo de 48 selecciones no es simplemente un torneo de fútbol; es un reencuentro global que hoy tiene su punto de partida en una tierra que entiende el juego como una extensión de su propia identidad. La espera ha terminado y el silbatazo inicial está a la vuelta de la esquina.





