
Por Agustín Carstens, Stijn Claessens y Klaas Knot, Project Syndicate
WASHINGTON- Los operadores de los mercados financieros saben que cada trimestre llega la fecha mágica en que vencen opciones accionarias, opciones sobre índices y los futuros sobre índices. Los reguladores ya han aprendido a vivir con los episodios de turbulencia en el mercado que siguen a esta fecha de vencimiento. Pero la tormenta perfecta que parecería estarse gestando y que hoy enfrentan los responsables de formular políticas económicas, la cual lleva varios años preparándose, es mucho más peligrosa y puede resultar más difícil de contener.
El primer componente de la tormenta potencial es el crecimiento explosivo de la intermediación financiera paralela al sistema bancario, misma que abarca un vasto universo de fondos de crédito privados, fondos de cobertura, vehículos del mercado monetario y estructuras vinculadas a seguros, muchos de los cuales operan, en parte, como bancos, pero que están sujetos a una supervisión mínima desde el punto de vista de estabilidad financiera.
El segundo componente es el aumento implacable de la deuda pública en las principales economías, agravado por la fragmentación geopolítica y el recrudecimiento de las tensiones, que dejan un margen de error mínimo al poner en práctica las diversas políticas.
El tercer y último componente de la tormenta es la paralización en la aplicación, o incluso la reversión en algunas jurisdicciones, de las reformas regulatorias que se promulgaron tras la crisis financiera de 2008.
En un nuevo informe del Grupo de los Treinta, se demuestra cómo estos componentes han dado lugar a una mezcla altamente explosiva. Aunque no se pronostica una crisis inminente, en parte porque es imposible predecir cuándo se producirán tales acontecimientos, sí se observa que las señales de advertencia se están multiplicando y que el margen para la acción preventiva se está reduciendo.
Las tensiones son más aparentes en el llamado crédito privado, ya que los reembolsos a minoristas de fondos que cotizan en la bolsa se están acelerando y acaparando los titulares. A medida que las cotizaciones bursátiles de diversas sociedades de desarrollo empresarial caen, se está pidiendo a los promotores financieros que refuercen sus instrumentos de crédito.
Es cierto que, por el momento, el monto del dinero en juego sigue siendo manejable y que la base de inversionistas es lo suficientemente diversa como para absorber las pérdidas derivadas de los excesos del pasado. Sin embargo, las repercusiones en el sistema bancario son inevitables, como ya se atestiguó en 2021 cuando ocurrió el colapso de Archegos, un fondo de inversión familiar de 10 mil millones de dólares, y de Greensill, una empresa de financiamiento de la cadena de suministro que cayó en bancarrota a causa de los préstamos riesgosos que había concedido. Mientras que algunos prestamistas sacaron las lecciones adecuadas de estos episodios, otros, evidentemente, no lo hicieron, como demuestran la quiebra de First Brands, una empresa privada dedicada al mercado de repuestos automotrices, la cual se debió en parte al financiamiento no bancario opaco y desregulado, así como la de Tricolor, una entidad de crédito de alto riesgo (subprime) de autos usados.
La opacidad del crédito privado agrava la situación. Los datos sobre este tipo de préstamos que se comparten con los organismos de supervisión y el público suelen ser limitados y de mala calidad. Con demasiada frecuencia, tanto los reguladores como los mercados tienen que navegar a ciegas.
Sin embargo, la mayor vulnerabilidad reside en los mercados de deuda soberana, que en última instancia representan un riesgo mucho mayor y más sistémico para el sistema financiero mundial. Los volúmenes emitidos y absorbidos por los inversionistas en estos mercados han alcanzado niveles extraordinarios.
Entre 2008 y 2021, las compras por parte de los bancos centrales representaron el 63 % del aumento de la deuda soberana del G7, si bien dicho apoyo ha desaparecido desde entonces. Con los balances de los bancos centrales en proceso de reducción y la capacidad de los bancos comerciales al límite, el exceso creciente es absorbido por los prestamistas desregulados volátiles.
Esta no es una preocupación hipotética. En diversas ocasiones en el curso de la última década, los choques que han afectado a los fondos de cobertura, la demanda considerable de márgenes y garantías, así como la falta de liquidez en los fondos de inversión, han llevado casi al colapso de los principales mercados de bonos.
La crisis desencadenada por el presupuesto para el 2022 de la ex primera ministra británica Liz Truss, basado en recortes fiscales sin financiamiento, es un ejemplo claro de lo anterior. Con considerable frecuencia, los bancos centrales se han visto obligados a intervenir con inyecciones masivas de liquidez para evitar un colapso sistémico.
Sin embargo, estas intervenciones suelen tener graves efectos secundarios adversos que llevan a que los bancos centrales se muestren reacios a intervenir de nuevo. Esta reticencia es especialmente cierta cuando las perspectivas de inflación no recomiendan aplicar una relajación monetaria.
¿Qué se puede hacer en esta situación? Los avances en materia de regulación y supervisión alcanzados desde 2008 son reales, pero incompletos. La tarea más importante ahora es mantener una regulación sólida y una supervisión rigurosa.
Esto implica someter a pruebas de resistencia no solo a los bancos, sino también a otros componentes de importancia sistémica del sistema financiero para identificar vulnerabilidades. También significa hacer un mejor uso de los datos. A menudo, las exposiciones riesgosas pueden identificarse utilizando la información de que ya disponen los supervisores, pero las agencias deben mejorar el proceso de intercambio de información de que disponen entre las distintas autoridades, incluso a nivel internacional.
En cuanto al apalancamiento financiero, la necesidad de actuar es evidente. No hay ninguna razón válida para permitir que los fondos de cobertura operen a niveles que superen 200 veces su propio capital con márgenes de hasta solo 50 puntos básicos (e incluso negativos). Es necesario imponer requisitos mínimos de margen y recorte y reforzar la supervisión, no relajarla.
Además, la infraestructura que soporta los mercados del Tesoro de EE. UU., los más profundos y sistémicamente importantes del mundo, requiere atención urgente. Aunque desde hace años se han solicitado sistemas de negociación y liquidación más robustos, los avances han sido mínimos.
No hay que equivocarse: la combinación actual de riesgo elevado, impulso desregulador y cooperación internacional limitada hace que sea poco probable que las medidas preventivas oportunas resulten suficientes. Las autoridades financieras deben planear teniendo en mente la posibilidad de una crisis y las medidas correctivas, y no limitarse a esperar poder evitarla.
En tal sentido, hay motivos para un optimismo cauteloso. Los principales bancos centrales en el mundo han demostrado tener una gran creatividad cuando enfrentan momentos de crisis. Si se diseñan de antemano mecanismos de liquidez para las instituciones no bancarias, los bancos tendrán más posibilidades de proporcionar un apoyo específico, en lugar de repetir las intervenciones de alcance indefinido que se han aplicado en el pasado.
Dichos mecanismos deben ir acompañados de condiciones de acceso estrictas, una fijación de precios cuidadosa y disposiciones de vigencia rigurosas. La línea de repos contingentes para instituciones financieras no bancarias del Banco de Inglaterra ofrece un modelo útil.
No obstante, nada de esto puede suceder sin voluntad política, idealmente ejercida en cooperación entre las principales jurisdicciones. Esto puede sonar como una quimera en el entorno actual de fragmentación de mercados, pero es un pequeño precio a pagar por romper el ciclo de auge y caída, y es aún mucho menor que el costo de hacer frente a la próxima tormenta financiera. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Agustín Carstens fue gobernador del Banco de México (2010-2017) y director general del Banco de Pagos Internacionales (2017-2025). Stijn Claessens es miembro ejecutivo de la Escuela de Administración de Yale. Klaas Knot fue presidente del Banco Central de los Países Bajos y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera, y actualmente es profesor visitante distinguido del Instituto Peterson de Economía Internacional.





