El verano se acerca con la puntualidad de cobrador. No acepta excusas. No importa si uno no tiene planes, dinero o siquiera ganas
El calor llega como llegan las malas noticias, sin pedir permiso y con la insistencia de quien sabe no puede ser ignorado. Hay algo profundamente ofensivo en la proximidad del verano cuando el mundo, en su conjunto, parece haber decidido perder la cabeza de manera colectiva y sostenida.
Antes, el verano significaba vacaciones, sudor y sandías mal cortadas. Hoy, significa apagones, incendios forestales y una sensación térmica indistinguibles entre piel y conciencia. El problema no es el calor. La certeza de ya no hay refugio. Ni en el clima, ni en la política, ni en la imaginación.
Planear más allá de hoy se ha convertido en un acto de arrogancia. ¿Para hacer planes si cada mañana amanece con una nueva amenaza global, una crisis energética promete dejarnos a oscuras o un rumor de guerra ya no parece rumor sino tráiler de estreno?
El futuro se ha vuelto ese pariente incómodo. Todos hablan en voz baja, como si nombrarlo pudiera empeorar las cosas.
La energía, por ejemplo. Antes era invisible, como el aire o la decencia pública. Ahora es lujo, moneda de cambio, chantaje disfrazado de infraestructura. Nos dicen ahorremos electricidad mientras los centros comerciales brillan como si fueran catedrales del consumo perpetuo. Nos piden responsabilidad mientras las élites encienden sus jardines a medianoche, como si la fotosíntesis fuera capricho nocturno.
El verdadero espectáculo no está en los cables ni en los combustibles, sino en las personas. En esta humanidad ha decidido el enemigo más accesible siempre será el otro. La xenofobia ya no es un murmullo vergonzoso. Sino discurso con micrófono, aplausos y trending topic. El extranjero, el migrante, el distinto. Todos son culpables de algo, aunque nadie sepa exactamente.
La empatía, esa virtud que alguna vez se enseñó en casa, ha sido archivada junto con los discos compactos y las promesas de campaña. Ayudar al prójimo ahora requiere justificación ideológica, análisis de costo-beneficio y, de preferencia, un hilo explicativo en redes sociales para no ser malinterpretado.
Sentir por el otro se ha vuelto sospechoso. Un lujo. Una debilidad.
En México, el calor político compite dignamente con el climático. Aquí, la discusión pública ha alcanzado niveles de sofisticación dignos de una sobremesa envenenada.
A la presidenta se le llama sirvienta, judía, comunista, como si las palabras fueran piedras y no reflejos de quienes las lanzan. La crítica, debería ser ejercicio de inteligencia, se ha convertido en deporte de insulto olímpico.
Las clases altas, siempre tan creativas cuando se trata de defender sus privilegios, han encontrado una nueva palabra fetiche, narcogobierno. La pronuncian con la misma indignación como si ordenaran vino importado y evitan mirar a quienes les sirven. Es curioso cómo el lenguaje puede ser arma y escudo al mismo tiempo. Denuncian un sistema corrupto mientras participan de él con la naturalidad de quien no conoce otra forma de existir.
Hay en todo esto ironía tan gruesa. Podría cortarse con cuchillo de plástico. Quienes más temen al caos son quienes más han contribuido a fabricarlo. Pero señalarlo sería de mal gusto, y aquí lo sobrante es el mal gusto, aunque siempre elegantemente disfrazado.
El mundo, dicen, está al borde de algo. Nadie sabe exactamente, pero todos coinciden en no es bueno. Las noticias hablan de conflictos. Podrían escalar, de tensiones, romperse. Líderes perdiendo la razón (como si la hubieran tenido en primer lugar). La guerra ya no es posibilidad remota, Sombra paseando por los titulares con la confianza de quien sabe tarde o temprano será protagonista.
Intentamos decidir si comprar un ventilador o resignarse al sudor existencial. Porque esa es otra. Incluso las decisiones más triviales están contaminadas por la sensación de todo es provisional. ¿invertir en comodidad si el mundo podría desmoronarse antes de llegar la siguiente factura?
El verano, entonces, no es solo una estación: es estado de ánimo. Recordatorio del calor no viene solo, siempre trae consigo la incomodidad de lo inevitable. Y lo ineludible, en estos tiempos, no es precisamente alentador.
Seguimos trabajando, opinando, insultando en redes, comprando lo innecesario. Planeando viajes probablemente no haremos. Hay terquedad admirable en esta insistencia por vivir como si todo estuviera bien. el mundo cruje bajo nuestros pies.
Quizá esa sea nuestra última forma de resistencia: la negación elegante. Después de todo, la humanidad ha sobrevivido a sí misma durante siglos; ¿ habría de dejar de hacerlo ahora?
El problema esta vez se siente distinto. No peor, necesariamente, pero sí más evidente. Como si las grietas ya no pudieran disimularse con pintura ni discursos. Como si el verano, con su luz implacable, estuviera empeñado en mostrarnos todo lo que hemos preferido no ver.
Esperando las noticias, hacer tiempo, nos dé una razón para creer. Planear, en estos tiempos, es acto de fe.
La certeza, como la energía, también está en crisis.
El ventilador gira. El mundo también. Ninguno de los dos parece tener muy claro hacia dónde va.
