
En estas fechas, cada año, las calles se llenan de imágenes, incienso, oraciones y silencio. La Semana Santa convoca multitudes que acompañan con devoción el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué tanto de ese dolor contemplado se traduce en compromiso con el sufrimiento real que nos rodea? ¿Qué tanto la fe va ligada a la vida, con todo lo que hay en ella y no deja de sorprendernos?
Porque mientras las procesiones avanzan con solemnidad, el mundo sigue complicándose. Las guerras continúan desplazando a miles de personas, destruyendo hogares, arrancando futuros. La violencia no se toma descanso. En muchos lugares, la vida vale poco y la muerte se vuelve costumbre. No se trata de creer que a “mal de muchos, consuelo de poco”, pero el mundo arde, no sólo México. Lo que pasa en México es un espejo de lo que ocurre en el planeta. No son escenas lejanas ni ajenas, son el rostro actual de una humanidad que –2000 años después de haber vivido, sin saberlo, alrededor del año 30, en Jerusalén, una “Semana Santa”– sigue levantando cruces, pero sin resurrección.





