
Siempre he estimado a Sara Sefchovich, inclusive cuando hemos diferido de forma recia, ya fuera por razones propias o debido a causas importadas por alguno de los dos. Hace algunos años, cuando yo me la pasaba una semana sí y otra también reporteando en zonas de riesgo, esta extraordinaria académica, socióloga e historiadora por la UNAM me dijo que tenía una propuesta disruptiva para intentar disminuir la violencia del crimen organizado. Básicamente, mi querida Sara proponía que las mamás de los niños, adolescentes y jóvenes del narco se hicieran cargo de sus criaturitas. Que ellas, así como las esposas y abuelas, hablaran con sus retoños y les hicieran entender que sus atrocidades dañaban brutalmente a miles de jóvenes como ellos, además de quebrarles la vida a cientos y cientos de madres de desaparecidos.
Le dije que no funcionaría. Le expliqué que en cada pueblo de cada municipio de cada estado que había recorrido yo, las mamás se beneficiaban de los dineros de los cárteles. Las mamás, las esposas, las novias, las abuelas, las hermanas y las amigas. Y todos los hombres, claro. Comenté que no era un asunto de género, sino de lana. De billete y de construir una base social enorme y leal. Era políticamente incorrectísimo decirlo, pero era lo que mis colegas fotógrafos, camarógrafos y yo habíamos constatado a lo largo de los años.





