Pasado el fatídico domingo del 8M, fui a ver a la güera, la camarera Jazmín, a la ciudad de Monterrey. Fue un día cualquiera de la semana. Es decir, ella sólo me marca y me dice rápido: “Jesús, ven a verme mañana”. Así de sencillo. ¿Qué hace su servidor? Pues obedecer. No me queda de otra en esta relación entre el viejo y la becaria. El poeta y la musa.
Pasé por ella a la hora convenida y la de siempre: al final de su jornada de trabajo en el restaurante donde es camarera. Como acostumbra, me plantó un ruidoso ósculo en mi mejilla cubierta de pelos, los cuales –dice– le pican, pero le gustan. Me toma del brazo y jamás, jamás, me ha dejado que le ayude con su bolsa grande, donde carga con su uniforme y sus enseres personales.
