Inicio Noticias ¿Una nueva revolución iraní?

¿Una nueva revolución iraní?

0

Por Shlomo Ben-Ami, Project Syndicate.

TEL AVIV- Todas las revoluciones tienen fecha de caducidad. Los regímenes que instauran terminan colapsando, como ocurrió con la Unión Soviética en 1991, o evolucionan hacia un sistema político-económico diferente, como hizo la República Popular China tras el inicio de la “reforma y apertura” de Deng Xiaoping en 1978. Independientemente de si la República Islámica de Irán sobrevive o no a la crisis que enfrenta en la actualidad, no escapará a esta ley inquebrantable de las revoluciones: evolucionar o morir.

LAS ETAPAS DE LA REVOLUCIÓN

Ahora bien, los regímenes nacidos de las revoluciones tienen algo más en común que la forma en que terminan. La primera generación encarna el espíritu revolucionario y, a menudo, un sentido de responsabilidad moral, que fomenta el sacrificio en nombre de una causa superior.

La segunda generación hereda todo el poder, pero no necesariamente el fervor revolucionario. Tiende a llevar adelante la labor de transformar un movimiento ideológico en un orden institucional y burocrático. Por caso, la Revolución Mexicana, que duró una década, dio lugar al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó desde 1929 hasta 2000.

La tercera generación se aleja aún más del espíritu de sacrificio que animaba a los revolucionarios que la precedieron. Los líderes recitan versiones vacías de la liturgia revolucionaria, mientras disfrutan de enormes privilegios. Muchas veces, el gobierno cada vez más centralizado y coercitivo se asemeja al antiguo régimen -lo que puede provocar la alienación popular o incluso la resistencia.

A veces, este patrón se ve interrumpido, o seguido, por alguna versión de reforma. Como observó Crane Brinton, historiador de Harvard, en 1938 en Anatomía de la revolución, las fisuras entre moderados y radicales comienzan a aparecer casi inmediatamente después del “período de luna de miel” de la unidad revolucionaria. Las fuerzas que representan el idealismo, el extremismo y la moderación pueden competir por la supremacía mientras el régimen permanezca en el poder.

Consideremos la Revolución Francesa. En sus inicios, prometía la emancipación universal, reflejada en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero los extremistas pronto ganaron terreno y, con el apoyo de las masas, ejecutaron al rey. Como explicó Alexis de Tocqueville en 1856, el régimen revolucionario procedió a replicar la destrucción de la libertad y las instituciones intermediarias llevada a cabo por aquellos a quienes había derrocado. Esto dio paso a la Reacción Termidoriana, que comenzó con la destitución de Maximilien Robespierre y marcó el regreso a la moderación.

La Revolución Bolchevique siguió una trayectoria similar. El caos de la guerra civil dio paso a la Nueva Política Económica de Vladimir Lenin, que buscaba restaurar los mecanismos del mercado. A esto le siguió la colectivización forzosa y el reinado del terror de Joseph Stalin, y luego el revisionismo de Nikita Khrushchev.

Estos cambios pueden ocurrir incluso bajo un único líder. Después de que Mao Zedong, padre de la Revolución Comunista China de 1949, implementara el catastrófico Gran Salto Adelante, que provocó más de 20 millones de muertes, un grupo de funcionarios y burócratas más pragmáticos intentó aplicar políticas más moderadas destinadas a restaurar la economía. La frustración de Mao con estas políticas, que él consideraba contrarias al espíritu de la revolución, lo llevó a lanzar su propio reinado de terror: la Revolución Cultural.

En 1978, Deng asumió el poder y trazó una estrategia visionaria para el “ascenso pacífico” de China, basada en un conjunto de reformas que darían lugar a una economía capitalista de estado bajo el estricto control del Partido Comunista Chino. Esto sentó las bases para la transformación del régimen revolucionario, aunque ahora el presidente chino, Xi Jinping, parece estar liderando una especie de reacción contra este enfoque, al abogar por la represión en el país y una postura más agresiva en el exterior.

¿MUERTE O RENOVACIÓN?

La Revolución Islámica no ha roto el molde. Tras derrocar a la monarquía prooccidental en 1979, la nueva República Islámica trató de construir un estado progresista y libre de corrupción que respetara los valores democráticos, los derechos humanos y la justicia social. El primero en desempeñar el cargo de primer ministro, Mehdi Bazargan, también quería evitar una confrontación con Estados Unidos. Temiendo que la crisis de los rehenes de 1979 en la embajada estadounidense socavara este objetivo, trabajó para encontrar una solución.

SIN COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Salir de la versión móvil