Tuve como madre a una mujer excepcional. Una mujer a quien nunca, pero nunca, amedrentó la adversidad, todo lo contrario, se le plantó desde siempre por delante a ésta y no le permitió que dispusiera de su vida. Rosario tenía temple, jamás se amilanó ante la avalancha de obstáculos que tuvo que esquivar o que enfrentar para ser ELLA. Su vida no fue fácil, huérfana de madre a los 7 años, solo contó con el cariño y los cuidados de una abuela muy mayor, Isabel, que también se fue muy pronto. A su papá solo lo tuvo un tiempo, un montón de eventos lo determinaron así. Pasaron muchas décadas para que se reencontraran.
Sus hermanos y ella, cuando falleció la abuela Isabel, fueron llevados a la casa de un hermano de su madre. Un tipo de horca y cuchillo, violento, machista, sin un ápice de ternura para los tres huérfanos. La tía política tampoco tenía en su corazón un ápice de amor para los tres niños. Mi madre me contaba que tuvo que aprender a contar con ella misma, no había más, eso sin duda la hizo fuerte, y que detestara la sumisión y los lloriqueos. No tenía opción más que la de convertirse en su mejor aliada. Y vaya que lo consiguió.
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Era áspera, muy dura, no se permitía abatimientos, se los arrancaba con reciedumbre. Nunca la vi llorar ni quejarse. Nunca la vi hacerle mal a nadie. Nunca permitió que se le fueran al cuello sus malquerientes, tenía algunos, pero le hacían los mandados. Me tuve que volver de piedra, me dijo un día, o me hubieran hecho polvo. Los que sobreviven son los fuertes, Esther, los que no se dejan mancillar por nadie. La gente vale por lo que es, por sus hechos, no por su posición económica o por sus luces académicas, esto lo digo yo, pero lo aprendí de mi madre.
Las mujeres, desde su aparición sobre la faz de la tierra, mostraron su naturaleza protectora, su acompañar al varón y cuidar a la prole. Antes de que se diera la agricultura, su naturaleza nómada las llevó a la colección de los frutos que daba la tierra lo que se combinaba con la carne de lo que cazaban los varones. La mujer se hacía de los frutos en la soledad, el varón cazaba en equipo. Quizá esta conducta influyó en nosotras y hoy día seguimos batallando con la falta de solidaridad que nos debemos. Ir juntas, en comunión, hará la diferencia en el futuro inmediato. Ya nos dimos cuenta muchas de nosotras, desde hace tiempo, que la comunidad conjuga en plural o no es comunidad.
Hay cinco mujeres mexicanas que han hecho historia por su impacto cultural e histórico. Me permito destacarlas. Inicio con Juana de Asbaje, nuestra Sor Juana Inés de la Cruz, la mujer que se metió a monja para ser libre, para decir lo que su inteligencia y su sensibilidad movieran la conciencia y aportaran a la cultura de un siglo y para siempre, lo que SOMOS. No tuvo empacho en sus Redondillas en espetarles a los varones de la época su hipocresía: Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis… Si con ansia singular solicitáis su desdén ¿por qué queréis que obren bien sin las incitáis al mal?… TOMA, qué contundencia… Qué tamaños de Sor Juana para decir en sus tiempos semejantes verdades. Gloria de las letras novohispanas. También a doña Josefa Ortiz de Domínguez y a doña Leona Vicario, desafiando esquemas de su época, las dos fueron figuras clave para el movimiento de independencia. Valientes y generosas, bravas y dulces, decididas, tragándose sus miedos y ni un paso atrás. Y más delante doña Elvia Carrillo Puerto, pionera del sufragio y del feminismo. Cada una de estas damas hizo lo que se debía hacer, y lo hicieron. Bravo por ellas.
En enero de 1916 tiene lugar el primer Congreso Feminista de Yucatán, ahí se resolvió solicitar la modificación de la legislación civil para otorgar a las mujeres más libertad para que pudieran realizar sus aspiraciones teniendo una profesión u oficio para ganarse la vida, que se promoviera el ejercicio de nuevas profesiones y el fomento a la lectura y escritura. No fue fácil incursionar en un campo tan completamente masculino. Y esto viene a colación porque el 12 de diciembre de 1919, Hermila Galindo participa en el Congreso Constituyente –sin ser diputada por no estar reconocido ese derecho todavía- haciendo una defensa del derecho de la mujer al voto y a contender en las elecciones para legisladores.
Faltaba mucho por recorrer, pero lo importante es que se dieron los primeros pasos para visibilizar los derechos de las de nuestro sexo. En 1931 se realiza el primer Congreso Nacional de Mujeres Obreras y Campesinas. Ahí se habló de la relevancia de ir juntas a demandar mejores condiciones de trabajo, cambios sociales y políticos. Y prosperaron porque en 1935 se creó el Frente Único Pro Derechos de la Mujer. En 1937, el presidente Lázaro Cárdenas envía al Poder Legislativo una iniciativa de reforma constitucional para reconocer a las mujeres el derecho a votar y ser votadas, sin embargo, dicho reconocimiento no se vio materializado sino hasta octubre de 1953. Mucho abonaron y abrieron camino a las mujeres de hoy, pero no hemos terminado. A las de nuestra generación nos corresponde seguir luchando para que las dos alas del águila estén fuertes y levanten el vuelo con fuerza, parejitas planeando, como debe ser.
Hoy día las mujeres estamos en todos los ámbitos del quehacer humano, en política, en deporte, en el económico, en la ciencia y tecnología, en las artes. En México tenemos una mujer presidente, ojalá que se permita privilegiar su formación científica, le haría un favor enorme a nuestro país. Tenemos a Katya Echazarreta, primera mexicana en el espacio, también a la chef Elena Reygadas, calificada como la mejor del mundo. A deportistas como Paola Longoria. A Fernanda Guarro, primera mexicana a cargo de 3M México como CEO.
La puerta está abierta y contra viento y marea, las mujeres seguiremos aportando con nuestro talante, ingenio, inteligencia, sensibilidad, entre otros dones, al presente y al futuro de un México ordenado y generoso.
