
En 2011, una conversación en Medellín me cambió la forma de ver a México.
Yo tenía veintitantos años y trabajaba en el Instituto de la Juventud del municipio de Monterrey. Me habían becado a través de CLACSO para asistir a la Escuela de Posgrado de Infancias y Juventudes en Cartagena, y después me quedé una semana en Medellín aprendiendo cómo funcionaban sus programas de prevención de violencia. Especialmente en la Comuna 13.
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Para quien no la conozca, la Comuna 13 fue durante años uno de los territorios más violentos del mundo. Operaciones militares, narcotráfico, desplazamiento forzado, masacres. Un lugar donde la muerte era parte del paisaje cotidiano. Y, sin embargo, cuando yo llegué, la Comuna 13 ya estaba en plena transformación: escaleras eléctricas donde antes había trincheras; grafitis donde antes había balas y programas comunitarios donde antes había miedo.
Le pregunté al director de uno de esos programas de prevención cómo habían logrado que funcionara. ¿Qué había sido lo primero? ¿Qué había cambiado?
Su respuesta se me quedó grabada para siempre:
“Todo está perdido cuando crean que la violencia es normal”.
Quince años después, esa frase me golpeó otra vez.
El domingo 22 de febrero, México registró 252 bloqueos en 20 estados tras el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes. Quemaron vehículos en carreteras. Cerraron escuelas. Las familias no podían salir de sus casas. Esa noche, mis hijos me preguntaron por qué había tanto ruido en las noticias.
No les expliqué los detalles. Les dije que había personas trabajando para que México estuviera más seguro y que eso a veces no era fácil.
Pero la pregunta se me quedó y me regresó a Medellín.
Hay una diferencia entre lo común y lo normal. La violencia en México se ha vuelto común. Tan común que ya sabemos la coreografía: el operativo, los bloqueos, los comunicados oficiales, las imágenes de vehículos incendiados, el trending topic que dura 48 horas y luego se desvanece. Tenemos un protocolo emocional colectivo: indignación, miedo, resignación, olvido.
Pero que algo sea común no significa que sea normal. Y el día que lo aceptemos como normal, todo estará perdido.
Yo regresé de Medellín con esa lección y con una convicción: la prevención empieza en la infancia. Si quieres cambiar una ciudad, empieza por los niños. Eso es lo que hicieron en la Comuna 13.
La semana pasada, días antes de que el país se paralizara, en una escuela de Guadalajara les preguntamos a un grupo de niños: ¿qué significa ser mexicano?
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Sus respuestas no hablaban de narcotráfico, ni hablaban de bloqueos ni de miedo; hablaban de orgullo, de su familia, de lo que quieren para su país.
Uno dijo que ser mexicano es ayudar a los demás, y otro dijo que es ser valiente y fuerte.
Estos niños no saben que viven en un país donde hubo 252 bloqueos en un domingo. Pero sabe que tiene voz. Y eso, aunque parezca poco, es exactamente donde empieza todo.
La próxima vez que vea una noticia de violencia y piense “así es México”, deténgase y corríjase. Porque mientras nosotros normalizamos, ellos todavía creen que México es ayudar a los demás y ser valientes. No les quitemos eso.





