¿Sirve hoy en día la religión, cualquiera de las que hay disponibles en el mercado de las almas? En mi pálido juicio, no. ¿La religión sirve hoy para algo en la vida cotidiana? Insisto, no. ¿Sirve hoy en el día a día, Dios? Sí, sirve para todo, aunque éste siga sentado y por siempre en su trono dorado; impasible y poderoso. La religión tiene lustros, decenas de años sin ofrecer respuestas buenas y satisfactorias al mundo cotidiano y sus problemas brutales y angustiosos los cuales nos agobia.
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¿Las religiones están disfrazadas de intereses mezquinos y temporales; los ministros de culto, los sacerdotes, los obispos, los pastores son sólo recaudadores de impuestos (diezmo, pues)? Al parecer sí en el aquí y ahora. No pueden ni saben salvar alguna atribulada alma la cual encuentra en el suicidio una solución (no un problema). Tengo años insistiendo en esta lógica: el suicidio para los que lo hacen es una solución (extrema, pero al final de cuentas una solución), no un problema. Al suicidarse, los problemas dejan de existir, como ellos. Leamos en clave divina y con acento en este terrible flagelo, a uno de nuestros santos tutelares al cual ya hemos analizado usted y yo, al gran poeta Jaime Sabinas:
Nadie sino el hombre pudo inventar el suicidio.
Las piedras mueren de muerte natural.
El agua no muere.
Sólo el hombre pudo inventar para el día la noche…
¿Libertad? Libertad y “vida en abundancia” dice uno de los parágrafos de la Biblia? Sin duda, por eso y al hacer uso de la plena y total libertad, los humanos toman esa decisiò0n: morir. Suicidarse. No acto de cobardía, sino de valentía y en planas facultades.
¿La religión tiene sólo y únicamente la misión de “santificarnos y salvarnos”, como lo advirtió en su momento el filósofo Julián Marías? ¿Santificarnos? De qué, para qué y por qué. ¿Salvarnos? Con el simple y complicado hecho de vivir hoy, hacer las cosas medianamente bien en la medida de las posibilidades y salir adelante sin hacer el mal alrededor, con eso usted ya es salvo. Está salvado. ¿Busca usted el edén, el cielo, el paraíso y así vivir usted allí eternamente? Lo respeto. Yo no creo en semejante engañifa.
¿Por no creer en el cielo y sus bondades de lentejuela y oropel, estoy condenado entonces al perpetuo y cruel infierno tan temido? Pues igual. Me da exactamente igual que ir al cielo. Ambos deben de ser tremendamente aburridos. El cielo, oliendo por siempre a rosas y buenas fragancias, tañer de cítaras y primorosas melodías: día tras día, una maravilla. ¿El infierno? Lo mismo pero al revés volteado. Su servidor asado en sus magras y enjutas carnes a la parrilla. Un suplicio lacerante, mientras diablos y diablas me punzan con sus tridentes de puntas afiladas. ¡Bah! Ambas opciones, igual de aburridas.
ESQUINA-BAJAN
Leamos a Sabines: “El espumo del día, el corazón detenido de la noche, todo es igual, ay, todo es la muerte, la gran serpiente ciega arrastrándose interminablemente”. Si todo es la vida, mientras estamos vivos, pues todo es la muerte al haber ausencia de ese soplo divino llamado vida.
La vida es llama, fuego purificador y música vocinglera; ¿la muerte?, La muerte es silencio, rechinar de dientes primero, luego la nada. Por eso el Eclesiastés 9:5 advierte que “los muertos… no tienen conciencia de nada en absoluto”. No sienten, no ríen, no actúan, no mienten, no sufren, no lloran; nada (Salmos 146: 3-5). Los muertos, muertos están y así van estar en eso llamado “la nada”. Y luego de la vida pues hay eso: la nada.
Sin duda, gran lector de la Biblia, Jaime Sabines lo sabía, por eso de este poema en prosa contenido en el libro “Mal tiempo”: “Todo esto es un cuento, lo sabemos. He querido hacer un poema con tu muerte y he aquí que tengo la cabeza rota, las manos vacías. No hay poesía en la muerte. En la muerte no hay nada”.
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¿Infierno, la nada, la muerte, el todo, el cielo, el paraíso? Ya coincidí con Jaime Sabines. Pero no soy el único disidente. No soy el único escritor que piensa lo anterior. Leamos a un poeta alto, garboso, a una fiera en la selva de la ciudad y la civilización, leamos al poeta Eduardo Lizalde, tigre en la selva de cemento y hormigón de las ciudades para solitarios. Su texto se titula precisamente “Inferno Inferno”. El fragmento es bueno, genial. Lo transcribo a usted para su deleite:
Las bendecidas por la muerte criaturas
No sabrán del infierno.
Los pecadores convertidos
En perpetua llaga aullante,
El fuego eterno y las piscinas
–y peroles– de hirviente plomo
Y otras cómicas sustancias,
Son historias de niños…
Versos sin duda, poderosos. Nos agobian los problemas de todo tipo y calaña. Pensamos sólo en nosotros mismos y nuestra triste y pequeña individualidad. La peste china nos hizo fosilizarnos y estar enconchados en nuestro hogar macilento y aislado. Ya no somos humanos, somos animales de probeta.
LETRAS MINÚSCULAS
No hombres, sino sombras somos hoy en día. Sólo eso.
