
Por Ruth Ben-Ghiat, Project Syndicate.
NUEVA YORK – Todo aspirante a autócrata que toma el poder en una sociedad libre hace uso de medidas y métodos probados en el tiempo para deslegitimar y, en última instancia, vencer a la democracia. El presidente estadounidense Donald Trump no es una excepción. Pero la administración Trump también está dando su propio giro al manual autocrático, con tres innovaciones que no tienen parangón entre los autócratas contemporáneos que han llegado al poder a través de elecciones.
El camino del autócrata
El autoritarismo puede definirse como la expansión de la autoridad y el poder personal del ejecutivo, en detrimento de los otros poderes del Estado, especialmente el judicial. Las instituciones del Estado se convierten en herramientas con las que el líder castiga a sus enemigos, gestiona sus problemas financieros y legales personales, acumula riqueza privada y consolida el poder. La primacía de estos objetivos explica por qué los autócratas valoran más la lealtad que la competencia o la experiencia. Desde el presidente ruso Vladimir Putin y el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan hasta el primer ministro húngaro Viktor Orbán y Trump, los autócratas pueblan sus círculos íntimos con familiares, aduladores y compinches, no con funcionarios capaces.
Las escenas que se están produciendo hoy en Estados Unidos recuerdan la historia de los regímenes autoritarios, incluidas las juntas militares. Las tropas recorren las calles de las ciudades y las fuerzas de seguridad del Estado enmascaradas detienen a personas y las “desaparecen” para enviarlas a prisiones nacionales y extranjeras. Con las unidades estatales de la Guardia Nacional creando “fuerzas de reacción rápida” para el “control de multitudes” a petición del Pentágono, y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) aumentando su gasto anual en armas de fuego, blindaje y armas químicas en un 600%, parece probable una “guerra eterna” nacional contra los ciudadanos estadounidenses.
Como cualquier régimen autocrático, la administración Trump necesita unos medios de comunicación obedientes que promuevan las narrativas aprobadas por el gobierno y resten importancia a la cobertura desfavorable, incluidas las pruebas de su incompetencia en política económica. Ese entorno mediático se crea en parte mediante colaboraciones que fomentan el proceso de captura de los medios, como la compra de CBS News por David Ellison, hijo del multimillonario Larry Ellison, partidario de Trump.
La intimidación también ayuda: The Washington Post, propiedad del fundador de Amazon Jeff Bezos, ya no publica opiniones que no se alineen con los principios de “libertades personales y libre mercado” aprobados por la administración, y ABC News desembolsó 15 millones de dólares para resolver una endeble demanda por difamación interpuesta por Trump. Trump sigue reprendiendo e insultando a los periodistas que le desafían, y amenaza con revocar licencias de emisión por coberturas poco favorecedoras. Mientras tanto, el Pentágono ha cortado el acceso a todos los periodistas que se negaron a firmar un compromiso de no informar sobre cualquier información “no autorizada”.





