Hay una cierta disposición interior que sólo se aprende viajando. Cuando uno vive en un mismo sitio, las rutinas ofrecen una especie de andamiaje emocional: lo conocido ordena, lo previsto tranquiliza. Pero cuando se viaja por largas temporadas y se llega a lugares de los que apenas se sabe el nombre y la ubicación, lo que queda es abrirse. Abrirse a que las cosas no sean como las hemos aprendido o imaginado, a que aparezcan pequeños imprevistos, y a que ese desajuste forme parte de la experiencia.
En mi último viaje, por ejemplo, dormí cinco semanas en una cama de Costa Rica, cuyo colchón tenía resortes traicioneros que me invitaban a no moverme demasiado durante mis noches. Y en Panamá, la anfitriona del lugar donde me hospedé me dio una piedra para cerrar la puerta de mi cuarto, porque llevaba tiempo descompuesta. En otras circunstancias, me habría quejado y reclamado al Airbnb. Esta vez decidí no hacerlo. No porque el precio del alojamiento fuera bajo –no lo era–, sino porque comprendí que, si dejaba que esas molestias ocuparan mi energía, perdería algo más valioso: la posibilidad de disfrutar plenamente la estadía. Fue, creo, la mejor decisión.
TE PUEDE INTERESAR: El viaje que ocurre más allá de la pantalla
Lo que sucede con las comidas también puede servir de ejemplo de esa necesaria apertura. En cada país no sólo cambian los sabores, sino las cantidades, los horarios y hasta la manera en que un mesero entiende lo que significa atender. Pero la disposición para adaptarse también hace falta a la hora de hacer mandado, limpiar la pieza, bañarse, tomar transporte. Cada acto cotidiano adquiere otra lógica, a veces desconcertante, a veces deliciosa, pero siempre distinta. Uno puede pelearse con todo eso para que ocurra como uno espera… pero incluso si ganara esas batallas, terminaría perdiendo en disfrute.
