Don Artemio de Valle Arizpe, paisano nuestro, sabio y travieso –se pueden ser las dos cosas a la vez–, conoció y trató de cerca a monseñor Ignacio Montes de Oca y Obregón, de felicísima memoria, obispo que fue de San Luis Potosí, venerable varón, alto poeta, verdadero príncipe de la Iglesia.
