Las puertas abrieron a las nueve de la noche. A las nueve cuarenta y cinco, el sonido de los sintetizadores de Camilo Séptimo marcó el inicio. El Paraninfo, cubierto por una capa ligera de humo, se convirtió en una cámara íntima. Las luces frías, en blanco y violeta, delineaban el escenario y daban la sensación de estar dentro de una nave.
