
La digitalización de las elecciones no es un simple asunto de cables y pantalla, sino un desafío institucional que pone a prueba a la política y confronta tradiciones culturales profundamente arraigadas. En medio de esa tensión, la urna electrónica se presenta como una promesa seductora para agilizar procesos, blindar la transparencia y dotar de total confianza al voto. Pero no siempre ha cumplido lo que promete y su adopción ha dejado un historial de aciertos y tropiezos.





