
“Amarse a uno mismo, es el comienzo de un romance para toda la vida”.
Oscar Wilde
Decía doña Julia, mi querida suegra, que Dios es muy sabio y que el día que un montón de quejosos clamó para ser escuchados, toda vez que no estaban de acuerdo con el físico que les había dado y eran demasiados narigones o bocones, gordos o chaparros, garrochas desgarbadas, etc., el Creador en su infinita sabiduría los escuchó y cuando terminaron los reclamos, levantó sus divinas manos y luego las extendió, miró con infinita ternura a los reclamantes y les pidió que se vieran en un espejo. El de nariz de ganzúa al verse se pavoneó y concluyó que la nariz le daba personalidad, la de la boca grande se sintió muy halagada porque la hacía más guapa, en fin, que todos quedaron conformes y se marcharon. Dios, decía suegra, les dio amor propio. Caso resuelto. El amor empieza por uno mismo, así de simple y llano, si no eres capaz de esto, estás frito, vas a fastidiarte y a fastidiar a quien se te atraviese.
Paso a otro aspecto. El derecho a ser uno mismo se traduce en vivir acorde a tu identidad, a tus principios y creencias, sin estar ajustándote a expectativas externas. Esto significa respetarte, ser auténtico y tener la capacidad de tomar decisiones, TUS DECISIONES, conformando así un sustento para la autoestima y el amor propio. El amor propio permite poner límites y no negocias los valores personales.





