
El 24 de diciembre de 1914, a casi cinco meses de iniciada la Primera Guerra Mundial, los soldados atrincherados en el Frente Occidental pactaron espontáneamente una tregua de cese al fuego. Los militares de origen británico, francés, austrohúngaro y alemán ya estaban fatigados de los horrores de la guerra; extrañaban a sus familiares, el calor de sus hogares y una comida que no se redujera a su ración de combate, la paz de poder descansar sin temer por una ráfaga de artillería o un asalto enemigo, así como el no tener que matar a un desconocido para sobrevivir.





