
Este amigo con el que tomo la copa –varias– los martes por la noche tiene ideas radicales. Las justifica con una frase suya: “Todo lo que no es radical es superficial”.
Anoche, por ejemplo, dijo:
–No sé si la Iglesia Católica apruebe todavía la pena de muerte. Lo que sí sé es que todavía impone la pena de vida.
Por mi expresión desconcertada se percata de que no he entendido sus palabras. Me explica:
–La naturaleza, que en opinión de algunos es creación divina, prescribe para todos los seres vivos, entre ellos el hombre, un programa de cuatro pasos: nacer, crecer, reproducirse y morir. Quien por propia voluntad omite el tercer paso se aparta de la naturaleza, y no sólo se expone a todos los desórdenes físicos y morales que trae consigo esa abstención, sino además se condena a sí mismo a la pena de vida que consiste en no cumplir el deber de perpetuarla.
Ante el pronunciamiento de mi amigo yo no me pronuncio, no sé si por cortesía o por cobardía. Pero recuerdo de pronto el dicho según el cual el que calla otorga, y entonces hablo. Le digo con firmeza:
–Qué frío ha hecho estos días.
¡Hasta mañana!…

