
Hoy quiero recordar a una gran mujer, una gigante en la lucha por la democracia y los derechos de las mujeres en México, María Elena Álvarez Bernal de Vicencio, “Elenita” Álvarez, quien falleció el pasado 12 de febrero a los 95 años.
Escribo desde VANGUARDIA, en Saltillo. Lo hago, además, porque el silencio ante la partida de Elenita por parte del PAN en Coahuila es por demás lamentable. Elenita nos visitó muchas veces, en campañas y en conferencias o jornadas de capacitación. La recuerdo al menos dos veces en Piedras Negras. Pero, en fin, no podemos pedir peras al olmo.
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Elenita Álvarez fue mujer de familia, madre de cinco hijos y esposa del legendario Abel Vicencio Tovar, presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Acción Nacional entre 1978 y 1984. También fue académica, escritora y política; senadora y cuatro veces diputada federal. Entre otras, a ella se debe la existencia del Instituto Nacional de las Mujeres. En los tiempos del “viejo PAN”, la mejor época del partido, no se entendía la militancia sin leer, entender y disfrutar “Alternativa Democrática”, su tesis de licenciatura que se convirtió en un gran libro que detallaba lo que era y debe ser Acción Nacional, su doctrina e ideología.
En 1976, cuando Claudia Sheinbaum tenía 14 años, cuando ser oposición implicaba coraje, valentía y convicciones profundas, cuando muy pocos se apuntaban para abanderar al PAN y nadie se peleaba las candidaturas, cuando José López Portillo fue candidato único a la Presidencia de la República… en aquel año, Elenita se apuntó como candidata a diputada federal en la Ciudad de México. Fue la candidata más votada y se convirtió en una de las dos mujeres que integrarían el Grupo Parlamentario del PAN con un total de veinte legisladores.
Dos años después, a sus 48 años, siendo madre de familia, estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y diputada federal, su esposo Abel fue electo presidente nacional del PAN. Eran los tiempos del autoritarismo, del viejo PRI en su apogeo. Pero nada doblegó a esta pareja que se conoció en las juventudes católicas y que, como tantos otros, atendió la obligación que tenemos los católicos de involucrarnos en la política.
Elenita rompió los paradigmas impuestos a las mujeres, el “techo de cristal”, muchas décadas antes de que fuera políticamente correcto. Y lo hizo con respeto, con inteligencia, sin odio y sin violencia. Cito a Margarita Zavala: “Una demócrata con todos los títulos, desde licenciatura hasta doctorados, casada con Abel Vicencio, de quien utilizó sin problema el apellido con el prefijo ‘de’. Sin embargo, apoyó a sus hijas y a la siguiente generación para que no utilizáramos el apellido de nuestros esposos”. Uno de estos doctorados, en Ciencia Política, lo concluyó a sus 62 años; a sus 80 se doctoró en Derecho Constitucional. Siempre en la UNAM y siempre con la bandera de las mujeres.
Conocí a Elenita primero por sus libros y luego como senadora de la República. Yo tenía 18 años y trabajaba ahí mismo, con el primer senador del PAN por Coahuila, Rosendo Villarreal. Pero fue en el año 2000, en la histórica legislatura de la transición, cuando más conviví con ella. El presidente de la Cámara de Diputados, Ricardo García Cervantes, me invitó a trabajar con él en la Mesa Directiva coordinando los asuntos internacionales. México estaba de moda; el mundo quería visitarnos y quería que lo visitáramos. Elenita ocupaba una de las tres vicepresidencias; el regiomontano Eloy Cantú Segovia del PRI y el yucateco Eric Villanueva Mukul del PRD ocupaban las otras dos. El presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores era Gustavo Carvajal Moreno, legendario priista que ocupó la dirigencia del PRI en la época de López Portillo cuando Vicencio Tovar presidía el PAN.
La agenda internacional de la Cámara de Diputados la sacábamos adelante con ese grupo plural. Yo era un chamaco de 22 años en medio de políticos experimentados, de los que mucho aprendí. Como el tiempo era escaso y la agenda nacional e internacional abultada, unos tenían que “entrar al quite” de otros en la función representativa de la Cámara con otros países. Además de las muchas reuniones y eventos que sostuvimos en México, con Elenita me tocó coordinar dos misiones internacionales en el año 2001, nada más y nada menos que a Cuba y a China. Recuerdo sus posicionamientos con seguridad y serenidad; su experiencia era evidente. Hacía eco de la esperanza positiva que trajo el triunfo de Fox, pero también con la obligada prudencia de representar a un Congreso sin mayorías, cuyos representantes nos acompañaban.
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“Ayúdeme, Chucho, que esta señora ya nos quitó la presidencia; no la voy a dejar que llegue antes que yo”, me dijo un simpático Gustavo Carvajal en la Gran Muralla China. Elenita tenía 62; don Gustavo era 10 años menor que ella. También en la Muralla ganó Elenita.





