
En nuestras ciudades las ausencias no se lloran, se siembran. Jamás decimos adiós sino hasta pronto. Las mujeres de nuestra estirpe tienen la costumbre de quedarse prendidas en el olor del café de la mañana o en el crujido de las mecedoras al atardecer.
Podía detener la lluvia con una sonrisa o hacer a las flores del patio se abrieran a deshora solo para adornar una confidencia. Su risa no era un sonido, era un aguacero de cristales. Nos lavaba la tristeza; tenía el don de coser los días rotos con hilos de luz y palabras sencillas.
Ha decidido mudarse al otro lado del espejo. No se ha ido, simplemente se ha vuelto invisible para quienes solo miran con los ojos de la cara. Se ha fundido con el viento que despeina los árboles y se ha quedado a vivir en ese espacio exacto donde la memoria se vuelve invencible.
La imagino ahora caminando por un sendero de mariposas amarillas, cargando en su regazo todos los secretos compartidos y las tardes de juegos cuando el tiempo no pudo marchitar.
Se lleva nuestro asombro, pero nos deja su magia: esa certeza.
La muerte es solo un truco de prestidigitador para recordarnos lo amado profundamente. Jamás termina de morir.
Ella descansa en su nuevo jardín de espejismos. Aquí seguiremos nosotros, guardándote un lugar en la mesa y contando sus historias.
Para desterrar el olvido y nunca sepa por dónde entrar a esta casa.

