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jueves, febrero 5, 2026
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Café Montaigne 381: Me va a llevar a la tumba esta pasión juvenil… en mi vejez

Los sueños de Jazmín la camarera, la regia. ¿Qué hacer con ella en el invierno de mi vida? No lo sé. Tampoco lo quiero pensar ni deletrear. No tengo ningún reparo en caer en el pozo sin fondo del deseo y del delirio. ¿Me va a llevar a la tumba esta pasión juvenil en mi vejez? Sin duda. Y la verdad, lo deseo, lo padezco y lo alimento. Sin contradicción alguna. Es decir, ¿tengo futuro alguno con ella? No. ¿Voy a ser un magnate de una empresa? No. ¿Voy a ser el director de un gran banco? ¡Ja! En la pinche vida he deseado eso.

¿Soy un tonto? Sin duda. Tal vez siempre en mi patética existencia he sido eso: un tonto, un estúpido. Un escritor, un poeta, pues. Le repito e insisto: ¿qué soy o qué significo al día de hoy para la bella camarera, la cual a sus insultantes 23 años, entrados en los 24, ya está en mis brazos, en mi cama, y de la cual soy su esclavo? ¿Qué soy para ella? ¿Un trofeo, un capricho, un antojo, un delirio, un juego, un juguete, un viejo, un anciano, un tonto; un necio poeta del cual luego va a presumir, me tuvo en su cama cuantas veces quiso y como quiso?

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¿Qué son los sueños, señor lector? ¿Se puede vivir de sueños? En mi caso, sí. A la flaca, a la güera, a la camarera Jazmín le di a leer dos libros. Bueno, ella es devoradora de libros, le hacía falta eso, sólo alguien el cual se los acercara. Es una lectora voraz, nada más le hacía falta un detonante. Si usted recuerda, le di a leer dos opúsculos de alta maravilla: “Memoria de mis Putas Tristes”, de Gabriel García Márquez, y “La Casa de las Bellas Durmientes”, de Yasunari Kawabata.

Le gustaron harto. Me ha pedido más libros de ambos, dos Premios Nobel. Y una y otra vez me ha golpeado con los libros de eso, lo cual se conoce como “superación personal”. Le he insistido y le digo son libros edificantes, sustanciosos, etcétera, los cuales la van a llevar a otro nivel de vida, va a lograr todos sus objetivos, el mundo estará a sus pies y cuanta mamada se me ocurre. La ingrata güera me los avienta en la cara (literal) y me grita: “Mira, pinche Jesusito, son puras pendejadas. ¿Lo entiendes? Qué gente tan pendeja, cuando se puede disfrutar aquí y hoy, por ejemplo, contigo. ¿Estamos? Ahora bien, esos libros son para gente sin quehacer, ¿ok? Esa gente tiene lana y quiere llegar a las estrellas ¿Sabes por qué? Porque no tienen buen sexo, mi Jesús; nadie las quiere, están feas y gordas y su marido las engaña con la comadre o vecina, ¿ok? ¿Entiendes, verdad?…”.

A la güera Jazmín le ha gustado el tema de los sueños. Sus sueños. ¿Pero, caramba, qué ha soñado la flaca? No lo sé. Todo lo invento como escritor. Trato de venderle las ideas. Y parece han florecido. Jazmín me trae a pleno piso. Le ha gustado eso, describir sus sueños. Le he preguntado: ¿Oye, Jaz, pero usted dígame qué ha soñado? A lo cual ella ataja: “Ay, Jesús, el problema es ese, nunca me acuerdo. Quisiera recordar, pero es muy raro, nunca me acuerdo. ¿Es normal o estoy mal, eh flaco?”.

Sucedió una tarde cualquiera luego de su turno de trabajo en el restaurante de media tabla en el centro de Monterrey. Fuimos a merendar al Gran Hotel Ancira, edificado por un saltillense en su momento, el cual no encontraba buena posada en Monterrey para pernoctar. Así siguen siendo los regios. Cobran mucho y no saben de calidad en el servicio, en fin. Fuimos a merendar al Ancira y, a rajatabla, la güera me disparó: “Oye, maestro, me gustó lo soñado. Lo cual usted me contó. Oye, Jesusito lindo, ¿por qué no hay mar en mis sueños?”.

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¿Usted, señor lector, sueña con la mar interminable, aguas de colorido espectacular, y un oleaje marino el cual huele a maravilla? ¿A usted le gusta la mar, los mares, las aguas perpetuas, señor lector? A mí y en lo personal, nada más alejado a ello. Gracias a mi trabajo (obrero de la palabra; viajero, vividor, pues) he conocido casi todos los mares de México. Cuando he viajado en los famosos “Fam Trip”, viajes etiquetados de escritores, reporteros y, claro, con familia, todos lo saben: llego, veo la mar (es femenino, no masculino, ojo. Luego lo vamos a explorar), meto milimétricamente la pata y luego la mano en la mar, le hago una reverencia, una oración… y me voy a vestir de etiqueta, me siento a contemplar a la señorita mar y bebo. Bebo y la contemplo… como contemplar a Jazmín.

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“Mira, Jaz… mira, güerita sexy, no hay mar en tus sueños por muchos motivos. Usted es la mar interminable. Usted y su sexo huelen a mar. Ahora bien, no hay un mar en su pecho porque hay algo más importante: usted cuando sueña va a meter su dedo, un sólo dedo, a un estanque de peces dorados. ¿Y sabe usted? Los peces dorados llegan y le besan el dedo. La aman. Son como sus hijos y la protegen. Ahora bien, para llegar a ese estanque de peces dorados es necesario rodear un bosque y un macizo de flores. Hay una cosa, güera, no hay camino de piedra, usted diario lo hace con su andar y el camino se borra cuando usted da el siguiente paso…”.

“¡Cállate, estúpido flaco adorable! Ay, Jesusito, llévame allí, llévame a mis sueños y quédate conmigo. ¿Sabes? Te empiezo a querer y amar. Eras un juego. ¿Lo sabías? Pero ya no sé qué pensar de ti. ¿Te pido algo? Vísteme y desvísteme, hazme lo que quieras hoy; dime de qué me vas a disfrazar, voy a ser dócil, pero cuéntame un sueño más, anda, sé bueno, maestro…”.

LETRAS MINÚSCULAS

Esta patética historia en el invierno de mi vida continuará el próximo jueves… no se la pierda.

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