NosotrAs: No es autoestima, también es contexto

“Necesita trabajar en su autoestima”. Lo escuchamos cuando una mujer no pone límites, permanece en una relación que le hace daño, busca aprobación constantemente o coloca las necesidades de los demás antes que las propias. Parece lógico: si acepta lo que le lastima, quizá no se quiere lo suficiente.

Pero esa explicación deja fuera una pregunta importante: ¿qué ha aprendido esa mujer sobre lo que ocurre cuando deja de complacer? Desde la psicología, la conducta no aparece de la nada; se construye en relación con otras personas y con las consecuencias de nuestra historia. Aprendemos qué conductas son celebradas, cuáles incomodan y cuáles tienen un costo. Crecer como mujer también implica hacerlo dentro de un contexto atravesado por expectativas de género.

La antropóloga mexicana Marcela Lagarde destaca cómo la construcción social de las mujeres ha estado históricamente vinculada al cuidado y a vivir para otras personas. Estela Serret también señala que la desigualdad no puede explicarse únicamente por características individuales: existe un orden social y simbólico que da un significado y un valor diferente a lo masculino y lo femenino.

Eso también se aprende en lo cotidiano: a una niña pueden felicitarla por ser servicial, tranquila y obediente. A una mujer pueden reconocerla por cuidar a todos y “poder con todo”. En cambio, decir que no puede generar conflicto; expresar enojo puede convertirla en “exagerada”; priorizarse puede ser visto como egoísmo; abandonar una relación puede implicar rechazo, incertidumbre económica o aislamiento.

Cuando una mujer calla, cede o permanece, preguntarnos únicamente cuánto se quiere es mirar solo una parte del problema. No significa que las mujeres no tengan capacidad para elegir, sino que sus decisiones también están atravesadas por lo vivido, lo aprendido y su entorno.

Como psicóloga, me preocupa que incluso desde nuestra profesión podamos convertir problemas sociales en defectos individuales. Podemos trabajar la autoestima, enseñar límites y promover autonomía, pero también preguntarnos qué ocurre fuera del consultorio cuando esa mujer intenta actuar distinto. Decir “pon límites” es sencillo; lo difícil comienza cuando ponerlos tiene consecuencias.

No basta con fortalecer a las mujeres para que soporten mejor un entorno desigual; también debemos cuestionar el entorno que les exige soportarlo. La autoestima importa, pero convertirla en la explicación de todo puede terminar responsabilizando a las mujeres por haber aprendido a sobrevivir a las mismas condiciones que después les reprochamos.

La pregunta ya no debería ser solo “¿por qué permite que la traten así?”, sino también ¿por qué seguimos construyendo relaciones y espacios donde defenderse tiene un precio más alto que soportar? Ese problema no se resuelve frente al espejo repitiendo cuánto valemos, sino cuando elegirnos deja de tener un costo.

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