
Por Xin Meng, Project Syndicate.
CANBERRA- El gobierno chino quiere fortalecer el consumo interno, alentar la formación de familias, incrementar la fertilidad y lograr un crecimiento más equilibrado. Pero un gran obstáculo opera en todos estos frentes: en la actualidad, los trabajadores no agrícolas chinos trabajan unas 2,500 horas al año, y cientos de millones de operarios manuales (en su mayoría migrantes del campo a la ciudad) trabajan casi 3 mil. Es decir, casi 60 horas a la semana, un horario que deja poco tiempo para el consumo, las relaciones personales o la vida familiar.
En comparación, en los países de la OCDE se trabaja una media de 1,700 horas al año, poco más de la mitad de la carga de trabajo de los 170 millones de chinos que migraron del campo a la ciudad. Estos trabajadores (que equivalen al 36 % del empleo urbano) sostienen las fábricas, las obras de construcción, las redes de reparto a domicilio y las industrias de servicios chinas. Trabajan unas nueve horas más por semana que el promedio urbano en China.
Esto se debe en gran medida a las estructuras salariales vigentes. El salario básico de muchos obreros migrantes está atado en la práctica al salario mínimo local. Solo obtienen un aumento de ingresos significativo cuando superan el horario estándar y acceden al pago por horas extra que exige la ley: 150 % del salario normal los días de semana, 200 % los fines de semana y 300 % en días festivos.
Los migrantes con salarios iguales o cercanos al mínimo trabajan unas 13‑16 horas extra más por semana que los trabajadores comparables con salarios superiores, ya que el único modo de que sus empleos urbanos les reditúen es trabajando muchas horas. Como el sistema chino de registro de hogares (hukou) impide a muchos migrantes fijar residencia formal en la ciudad, se ven obligados a tratar de ganar lo más posible durante lo que en la práctica no deja de ser una estancia temporal.
El análisis de registros individuales de salarios y horas muestra una clara concentración de los trabajadores justo por encima de los umbrales legales de 40 y 48 horas. Esta distribución apunta a un aprovechamiento de la estructura de pagos por horas extra, no solo por parte de los trabajadores, sino también de los empleadores (sobre todo en el sector fabril, que usa sistemas de personal basados en prolongar los turnos individuales en vez de contratar a más trabajadores). Aunque estos cálculos se basan en datos obtenidos hasta 2018, la estructura de incentivos subyacente (el adicional obligatorio vinculado al salario mínimo, conforme a la Ley de Contratos Laborales de 2008) es la misma.
Las autoridades chinas siempre vieron el horario de trabajo extendido como un subproducto de la carrera por la industrialización. Pero al cambiar las prioridades de desarrollo de China, la carga de trabajo excesiva empieza a ser un gran obstáculo. Los trabajadores chinos no podrán convertirse en consumidores de clase media y tener más hijos si tienen que pasarse la mayor parte del día corriendo detrás de las horas extra para volver luego exhaustos a los dormitorios. Necesitan oportunidades para gastar sus ingresos, formar familias y participar en la vida urbana.
Mi cálculo a partir de datos del período 2008‑16 es que una reducción de unas diez horas en la carga horaria semanal de los trabajadores migrantes urbanos (de poco más de 60 a poco más de 50 horas por semana) aumentaría su consumo per cápita entre 1.1 y 1.6 puntos porcentuales. Tal vez parezca poca cosa, pero si se multiplica por 170 millones de migrantes, la cifra se vuelve significativa.
Esta reducción de horas de trabajo también puede sumar unos dos puntos porcentuales a las tasas de matrimonio de hombres solteros entre 20 y 40 años. La relación entre el mercado laboral y los indicadores demográficos es crucial. En el debate público es común tratar la caída de las tasas de matrimonio y fertilidad como un tema cultural o de vivienda. Pero el tiempo también es importante. Si un trabajador tiene poco tiempo para relacionarse o formar un hogar estable, es menos probable que se case y tenga hijos.
La herramienta de política que hoy prefiere China (subsidios al consumo puntuales) solo funciona si los trabajadores tienen el tiempo y la seguridad necesarios para aprovechar esas ayudas. Aumentar el salario mínimo puede ser una estrategia más eficaz para reducir el exceso de trabajo sin pérdida de ingresos. De hecho, está comprobado que aumentar el salario mínimo lleva a quienes trabajan más de 60 horas por semana a reducir la carga horaria, sin efectos negativos sobre el empleo.
Pero la escala es importante. Puesto que un aumento salarial pequeño tendrá poco efecto sobre las horas trabajadas, para lograr cambios significativos es necesario aumentar los salarios por un margen mayor y en menos tiempo. Y para que esto no aliente un proceso de automatización que elimine puestos de trabajo ocupados por migrantes, China también tiene que dar apoyo a las empresas durante la transición.
Pero el salario mínimo es solo una parte de la solución. La jornada laboral extendida es una respuesta racional a la inseguridad: mientras el sistema hukou impida a los migrantes acceder a las escuelas municipales, a ayudas para vivienda y a servicios públicos, no se considerarán residentes urbanos permanentes. Un visitante maximiza sus ingresos actuales; un residente permanente construye una vida. Flexibilizar el sistema hukou en las ciudades medianas y grandes que concentran la mayor parte del empleo fabril y de servicios es esencial.
Un trabajador que tiene la tarde libre puede tener una cita, pasear por el parque, ir a un restaurante o descansar. Un trabajador con ingresos estables y tiempo libre puede hacer planes para el futuro. No son lujos, son los requisitos para la creación de la clase media que el próximo modelo de crecimiento de China exige. Una subida rápida del salario mínimo y dar a los migrantes acceso a la residencia permanente en las ciudades puede lograr aquello que las transferencias de ingresos y los vales para consumo no conseguirán. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción: Esteban Flamini.
Xin Meng, profesora de la Escuela de Investigación Económica de la Universidad Nacional de Australia, es autora de Labor Market Reform in China y The Great Migration: Rural–Urban Migration in China and Indonesia (Edward Elgar Publishing, 2010).





