La arriesgada guerra por elección de Trump en Irán

Por Richard Haass, Project Syndicate.

NUEVA YORK- Hay mucho que decir sobre la decisión de Estados Unidos de atacar Irán -y sobre las posibles consecuencias de los ataques conjuntos estadounidenses e israelíes contra objetivos militares y políticos en todo el país-. Lamentablemente, no hay mucho en todo ello que resulte tranquilizador.

Antes que nada, se trata de una guerra por elección. Estados Unidos tenía otras opciones políticas disponibles. La diplomacia parecía prometedora como medio para impedir que Irán desarrollara armas nucleares. Una mayor presión económica tenía el potencial, con el tiempo, de precipitar un cambio de régimen.

Asimismo, se trata de una guerra preventiva, no de una guerra de anticipación. Irán no planteaba una amenaza inminente para los intereses vitales de Estados Unidos. Irán no estaba a punto de convertirse en un estado con armas nucleares ni de utilizar las armas que tenía contra Estados Unidos. A lo sumo, la amenaza que representaba Irán era una amenaza creciente.

Esta distinción es importante. Un mundo en el que los países se creyeran con derecho a emprender ataques preventivos contra aquellos a quienes consideran una amenaza sería un mundo de conflictos frecuentes. Por eso, este tipo de acciones no tienen cabida en el derecho internacional.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha elegido un objetivo -un cambio de régimen- que es político más que militar. Pero, si bien la fuerza militar puede destruir y matar, por sí sola no puede provocar un cambio de régimen, que requiere el colapso del régimen. Es posible que el ataque estadounidense provoque deserciones entre los líderes políticos y las fuerzas armadas de Irán, pero no se puede contar con ello. Hamas y Gaza son un recordatorio de que los regímenes pueden absorber castigos increíbles y seguir aferrándose al poder. E incluso si los clérigos caen del poder -el líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, ha sido asesinado-, las fuerzas de seguridad son posiblemente las mejor posicionadas para ocupar su lugar.

En cualquier caso, es poco probable que el uso de la fuerza militar para matar a determinados líderes como medio para provocar un cambio de régimen -una táctica que a menudo se denomina “decapitación”- tenga éxito en Irán, donde el liderazgo se ha institucionalizado desde que tomó el poder hace casi medio siglo. Asimismo, el liderazgo ha tenido tiempo de mejorar la planificación de la sucesión en las últimas semanas, en tanto aumentaba la posibilidad de una guerra.

Durante su incursión en Venezuela en enero, la administración Trump se limitó a reemplazar a un líder (prácticamente ignorando a la oposición interna), mientras que en gran parte del mundo ha evitado presionar en favor de la democracia. En el caso de Irán, sin embargo, Trump ha pedido un cambio de régimen -pero sin preparar el terreno para ello-. La oposición política no está unida ni funciona como un gobierno a la espera, lo que significa que no puede aceptar deserciones, y mucho menos brindar seguridad.

La historia sugiere que un cambio de régimen requiere una presencia física en el terreno. Esta es la lección de Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial, y más recientemente de Panamá, Irak y Afganistán. E incluso con presencia en el terreno, estos esfuerzos muchas veces no alcanzan. En Irán, una ocupación es inconcebible, dado el tamaño del país y su capacidad de resistencia.

Todo esto significa que la administración Trump ha optado por alcanzar los objetivos más ambiciosos de política exterior con recursos limitados. Parece haber rechazado una guerra por elección con objetivos más limitados, como degradar las conocidas capacidades nucleares y de misiles balísticos de Irán, a pesar de que podría afirmar con credibilidad haberlos logrado. Si existe un paralelismo reciente con lo que está ocurriendo en Irán, es Libia, donde hace poco más de diez años las fuerzas occidentales derrocaron al liderazgo utilizando poder aéreo, pero luego se retiraron, dejando al país sumido en el caos.

En el caso iraní, parece que la concentración de una presencia militar gigantesca -que Trump calificó de armada- acabó presionando al gobierno para actuar, ya que las fuerzas estadounidenses no podían mantenerse en alto estado de alerta indefinidamente. Como resultado de ello, los medios de la política (la fuerza militar) bien podrían haber influido en la determinación de los fines de la misma, es decir, la decisión de atacar. Obviamente, esto es lo contrario de cómo debería decidirse la política.

Dando un paso atrás, Estados Unidos ha optado una vez más por asumir un enorme compromiso estratégico en Oriente Medio. Esto contradice la propia Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump y la realidad de que los mayores desafíos para los intereses estadounidenses se encuentran en Europa y la región del Indo-Pacífico. En este caso, el paralelismo es con la guerra de Irak de 2003, otra guerra preventiva por elección en la región que para Estados Unidos significó un costo enorme.

El pueblo estadounidense no está preparado para esta guerra. Tampoco lo está la base política de Trump, ya que desestabilizará los mercados, provocará un aumento de los precios de la energía y podría prolongarse durante algún tiempo. Los aliados de Estados Unidos tampoco están contentos, dado que Irán ya ha atacado a varios países vecinos y podría tomar medidas que perjudiquen sus economías. Trump no utilizó su discurso sobre el estado de la Unión del martes por la noche para defender el ataque a Irán, y gran parte de sus declaraciones inmediatamente después del ataque del sábado hicieron hincapié en las acciones pasadas de Irán más que en las amenazas nuevas o emergentes.

Es posible que el bombardeo sin costo alguno de tres instalaciones nucleares iraníes el año pasado y la intervención más reciente en Venezuela hayan hecho que Trump y su entorno confíen plenamente en que pueden alcanzar objetivos ambiciosos con recursos limitados y a bajo costo. También puede haber sentido la tentación de lograr algo histórico en Irán -un cambio de régimen- que sus predecesores eludieron. Aún puede tener éxito. Pero, por regla general, es más fácil pedir un cambio de régimen que llevarlo a cabo con éxito. Si bien solo se necesita un bando para iniciar una guerra, se necesitan dos para terminarla. Irán ahora tiene voz y voto en cuanto a la magnitud que alcanzará este conflicto y cuánto tiempo durará. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, es asesor sénior de Centerview Partners, profesor distinguido de la Universidad de Nueva York y autor del boletín semanal Home & Away de Substack.

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