
Recuerdo que cada diez minutos se escuchaba una explosión. Eran tan frecuentes, que dejaban de asustarte. Se volvían parte del paisaje. Hasta que alguna especialmente fuerte te despertaba en la noche. Y tardabas un ratito en volverte a dormir. Te acompañaban al bañarte por la mañana, al caminar por las calles para reportear, durante las transmisiones o incluso cuando al fin llegaba la hora de la cena y entrábamos al Jabri, nuestro restaurante favorito −quizá el único−: un patio interior en una casona de tres pisos con jardines derramándose desde el techo sobre las columnas, las ventanas, los arcos, donde servían un muhammara perfecto. El Jabri estaba inexplicablemente aislado del caos, el miedo y la muerte que se vivían puertas afuera.





